Harakiri

La venganza es un plato que se sirve frío. Tsugumo, un samurai, pide permiso para practicarse el Seppuku (conocido como Harakiri), ceremonia durante la cual se quitará la vida abriéndose el estómago y asistido, además, por un samurai que le decapitará durante el proceso. Su voluntad le es concedida pero, mientras espera a los padrinos que ha pedido, solicita también poder contar la historia que le ha llevado a tomar esta drástica decisión… y comienza el baile.

Kobayashi era único. Desigual, pero con marca propia. Perteneciente a 1962, “Harakiri” es una maravilla de dos horas y cuarto de duración que te mantienen con la boca abierta.  Un argumento fascinante para una película sin prisa pero sin pausa. El código de honor samurai del siglo XVI, diseccionado sin piedad. El drama de un hombre, su vida y su preparación a la muerte.

Lo que destaca realmente de “Harakiri” es su técnica visual, y su atmósfera. A medio camino entre el clasicismo más puro y las vanguardias propias de los 60, Kobayashi filma con su propio estilo. Recursos tan arriesgados como primerísimos planos o travellings de efecto no resultan artificiosos, sino milagrosos. Casi toda la película transcurre en el mismo escenario, el templo ritual de un clan samurai activo. En él, el protagonista relatará en voz alta ante el tribunal su desgracia. Un tribunal que, implacablemente, ya le ha condenado, pues Tsugumo no quiere huir de su decisión, ni apelar a la misericordia de sus verdugos. Sólo quiere contar su historia. A partir de ahí, se sucederán los flashbacks acerca de la vida de Tsugumo… y las consecuencias que se desatarán en el presente.

El director no necesita de efectos especiales para mostrar de manera demoledora el miedo al deshonor, y también a la muerte. Para muestra, un botón: el primer harakiri de la película. Porque abrirse las entrañas es mucho más que una carnicería: es enfrentarse de bruces con la propia miseria.

La película se beneficia también de la enorme interpretación de su protagonista Tatsuya Nakadai. Si bien nunca será tan conocido como Toshiro Mifune, actor fetiche de Kurosawa y prototipo de samurai japonés, Nakadai interpreta con mirada impasible, sombría y peligrosamente felina al samurai caído en desgracia, acabado, o eso parece.

Harakiri” también contiene una de las mejores escenas de un combate a espadas de la historia cine, por muy chirriante que pueda parecer ahora. Impresionante secuencia rodada con planos largos, que parece imposible de filmar, pero ahí está. Hasta el final salpicado de sangre. No os la perdáis.

Resumen:

Demoledor drama japonés sobre el honor, la vida, la muerte y la venganza. Y el honor, sí, otra vez. Imprescindible obra maestra.

Helen

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