Una canción del pasado

Muy pocas películas, a pesar de la calidad de sus actores, de su director o del guion pueden jactarse de llegar al espectador, tanto visual como argumentalmente. Muchas películas actuales han intentado abordar al espectador con este primer punto, es decir, han decidido basar el éxito de su trabajo en lo visual. Un ejemplo, quizás el más claro, es la rentable “Avatar”, película más taquillera de la historia y responsable de romper varios records más. Su éxito se basa en una revolucionaria técnica de animación digital en tres dimensiones estrenada con esta producción. Otras películas con más renombre han intentado basar su éxito en una historia compleja, bien estructurada, con fundamento. Quizás muchos de los trabajos que hayan apostado por este método sean más reconocidos, básicamente porque es lo que la crítica especializada ha valorado al alza. Entre estos productos nos encontramos con la maravillosa trilogía de Francis Ford Coppola, “El padrino”, la mayoría de las películas de cine negro, grandes clásicos como “El crepúsculo de los dioses” y muchas más.

Con referencia a esta pequeña clasificación tengo que destacar una película que vi hace no mucho, su título, “Una canción del pasado”. Es un largometraje que destaca por pasar demasiado desapercibido. Su historia se desarrolla en Nueva Orleans, donde una gran cantante de jazz, blues y rockabilly muere, dejando a todos sus conocidos, a los que había enamorado poco a poco, solos.  Entre ellos se encuentra Bobby Long, un antiguo profesor universitario de literatura que dejó la enseñanza para dedicarse por completo al arte, a la lectura y a la música. Con él vive Lawson Pines, un escrito novel. Su vida cambia cuando aparece la hija de la fallecida, dispuesta a vivir con ellos en la casa de su madre.

A pesar de que la historia puede resultar algo tópica y de que cuento con actores de cierto renombre, John Travolta, en el papel de Bobby Long y Scarlett Johansson en el papel de la hija, el largometraje destaca por una ambientación excepcional y una fotografía preciosista por descubrir.

Las actuaciones rozan el notable, muy normales, salvando alguna que otra sobreactuación que se compensa con momentos de calidad aislados. La historia es tópica, como ya he dicho, aunque la forma y manera de contarla te hacen pegarte al hilo conductor de la trama y no soltarlo hasta el final del film.

Básicamente, la gran baza de esta película es su banda sonora, cantada y tocada parcialmente por John Travolta, que reúne grandes temas clásicos del rock sureño, del jazz y del blues. Y es que el jazz y el blues conforman el alma de esta película, ambos se funden en con las calles de Nueva Orleans, con sus casas pequeñas y calles anchas, creando una sinfonía de colores y sensaciones indescriptibles.

Otra gran apuesta de este trabajo es su ambientación, aprovechándose de una ciudad que destila arte por cada una de sus ventanas. Casas pequeñas de vistosos colores comparten el lugar con antiguas casas coloniales, creando un ambiente bohemio que le va como anillo al dedo a la película.

Resumen:

En definitiva, una película para disfrutar de ella, es larga, espesa e incluso lenta. No apta para antojos de películas frenéticas de acción. Largometraje en el que hay que disfrutar de cada fotograma, absorber las imágenes como si de música se trataran.

Melchian

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