En 1955, el ruso Vladimir Nabokov publicó una de las novelas más polémicas de toda la historia: Lolita. La historia de un cuarentón con un capricho enfermizo por preadolescentes, las nínfulas, perdidamente obsesionado con la más perversa de todos: Lolita.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

Un prodigio de narración: Nabokov es tremendamente irónico, ingenioso, polémico y sincero, dentro de sus metáforas. No es una apología de la pederastia; es importante separar ficción de realidad. De hecho, el propio Humbert Humbert se condena a sí mismo, y deja su destino en manos del jurado… y del lector. Repudiable, por mucho que sea profesor, un perfecto gentleman y le guste leer a Poe. Un hipócrita enamorado de una niña malvada. Pero no deja de ser fascinante.

Lolita ha sido adaptada al cine en dos ocasiones: en 1962 dirigida por el mismísimo Stanley Kubrick, y otra posmoderna, en 1997, dirigida por Adrian Lyne.

Difícil empresa llevar al cine una novela tan escandalosa, en 1962. El propio Nabokov colaboró en el guión de esta adaptación dirigida por Kubrick, que, irónicamente, palidece ante  la contundencia y el atrevimiento del texto original. Algo extraño, dadas los medios: el escritor, que no pone toda la carne en el asador, y un cineasta que, capaz de abordar sin complejos cualquier producción, no termina por redondear la película, pero comprensible, dada la época en que fue rodada.

La cinta sólo resulta un tímido reflejo del libro, incapaz de alcanzar la atrevida sugestividad de las palabras y, ante todo, sacrificando en cuerpo y espíritu a Humbert Humbert, cuya fascinante personalidad, romántica y cínica, era la verdadera joya de la narración. Eso sí, lo mejor del filme es la perfecta adecuación de los actores a sus personajes (desdibujados, claro): un James Mason contenido pero con ganas de saltar, una Shelley Winters como Charlotte Haze, ridícula y vocinglera madre de Lolita, y una Sue Lyon como nínfula seductora y atrayente, a pesar de que resultaba excesivamente mayor para el papel. La peor parte se la lleva un caricaturesco Peter Sellers en su papel de Clare Quilty. En definitiva, una gran película, y no tan buena adaptación.

En 1997, el comercial Adrian Lyne se la jugó con una nueva adaptación de Lolita, arriesgándolo todo con la baza de la fidelidad al fabuloso texto. Sin embargo, el guión está muy bien estructurado, y el resultado es una adaptación excelente, y una película morbosa y efectista.

Jeremy Irons compone magistralmente al ambiguo y atormentado Humbert Humbert y Melanie Griffith está muy creíble como madre algo tonta pero no tan tonta. Pero la verdadera estrella es Lolita, encarnada por Dominique Swain, pelirroja, crecidita y sensual… como la Lolita del libro. La ortodoncia que le coloca Adrian Lyne termina por rematar la composición del personaje.

Una puesta en escena muy colorida, veraniega, sudorosa e insinuante. Provocativa y sin cortarse un pelo, aunque dejando parte del trasfondo literario por el camino. Y es que probablemente es imposible adaptar fielmente una novela de la envergadura de  Lolita.

Helen

Anuncios