Que el cielo la juzgue

Richard Harland, un joven escritor, conoce en un tren a Ellen, una bellísima mujer con la que se casará pocos días después. La vida parece sonreírles, pero Ellen es tan posesiva que todo empezará a torcerse cuando se niegue a compartir a Richard con su hermano enfermo Darryl, su amigo Leick, e incluso con su propia familia.

Adaptación de la novela de Ben Ames Williams, “Que el cielo la juzgue” es un clásico del cine negro con femme-fatale, no muy conocido, pero con un retrato implacable de la maldad y crueldad femenina, de la locura y los celos, acompañada de una espiral de violencia. Y todo esto, en un Technicolor desacompasadamente chillón. Música espectacular. Perfecto.

Una mujer apasionada y deslumbrante se casa con un hombre a quien apenas conoce, porque se parece a su desaparecido padre. Toma complejo de Electra. El especialista en melodramas John M. Stahl, al estilo Douglas Sirk, realiza su obra maestra al crear una perfecta atmósfera en la que se mezclan la obsesión amorosa y el crimen.

La película contiene una docena de secuencias memorables: la emotividad de la escena en que Ellen esparce al viento las cenizas de su padre mientras monta a caballo; o la escalofriante frialdad de la mujer poco antes de bordear las escaleras, saltándose el código Hays por todo lo alto. Previamente la hemos visto maquillarse, peinarse, observarse. Lleva escrita la fatalidad en el rostro, reflejada en el espejo, una imagen decidida a lo inevitable, gélida, sin retorno. El director no destaca excesivamente por su técnica, pero en esta ocasión resulta perfecta.

Gene Tierney es la estrella de la función, por supuesto. Tan bello y dulce rostro, con toda su inocencia en “El fantasma y la señora Muir“, transformada aquí en una locura absoluta, psicótica e infantil. Y es que en los años 40, en EE.UU., no podían existir las asesinas feas. A su lado, Cornel Wilde hasta es un actorazo, sin su acartonamiento general.

Resumen:

Aviso: estamos en una peli de mala-malísima, y de sus excesos. No hay resquicio para las dudas. Ni uno. Lo que se puede llegar a hacer para ganar, sin límites. Aunque en el fondo, se pierda siempre.

Helen

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