Un matrimonio de clase media-alta, sin preocupaciones ni problemas, se dirige a pasar unos días de vacaciones a bordo de un yate de vela. Por el camino, recogen a un joven autoestopista, al que invitan a que les acompañe. A bordo, la tensión se irá incrementando, hasta convertirse en un triángulo amoroso, una lucha de poder entre los dos hombres por el amor de la mujer.

En 1962, Roman Polanski dirigía su primera película en su Polonia natal, tras muchos cortometrajes de arte y ensayo: “El cuchillo en el agua“. A partir del argumento arriba descrito, Polanski consiguió un magnífico y asfixiante ejercicio de estilo, un thriller psicológico en el que lo que se corta es la tensión, y no el agua. Un clima enfermizo entre tres únicos personajes, y en único escenario: el balandro. No hay escape en el agua.

Tras un incidente en la ruta, un matrimonio felizmente gris -él es un periodista de éxito, ella se dedica a la vida ociosa- recoge a un joven estudiante que ha tenido un accidente, y que, por supuesto, no tiene un duro. Sin planes en el horizonte y con ganas de distracción, el matrimonio no duda en invitarlo a su escapada estival, a la que el joven se lanza, por cuestiones aparentemente obvias. Pero a borde del yate, el marido intenta humillar al joven, que no duda en seguir su propia estrategia… una vez que ha captado el interés de la mujer por su persona. La atmósfera se torna irrespirable, una competencia implícita a punto de saltar.

Visualmente, la película deja ver su filiación al tempo del arte y ensayo, pero sin prescindir nunca de la narración clásica del conflicto generacional, cuidando cada detalle.

En 1989, el australiano Philip Noyce aprovechó la novela negra de Charles Williams para realizar una película de argumento muy similar: “Calma total“. Un matrimonio de vacaciones en alta mar recoge a un náufrago, cuya tripulación ha sido víctima de una intoxicación alimentaria. Estamos ante otro thriller, pero con una tensión más efectista y plana, enfocada casi al terror conforme los acontecimientos se van desarrollando. Un buen ejemplo de lo que pueden hacer tres buenos actores (Sam Neill, Nicole Kidman y Billy Zane) con un guión que esconde golpes de efecto y giros de acción, uno tras otro.

Estamos ante un triángulo mucho más definido: marido y mujer están en pleno proceso de superación de la traumática muerte de un hijo. Ambos sentirán una irracional repulsión por el extraño invitado  a bordo por pura obligación, pero mientras que el marido procurará ocultarlo bajo una fachada de frialdad, mientras que la mujer sentirá un rechazo entremezclado de temor, y más tarde, de atracción involuntaria.

La atmósfera está bien lograda, aunque las cotas que alcanza son más bien dignas de cualquier película con psicópata, qué, como manda el tópico, nunca muere. Y es esa orientación más comercial es la que lleva a desperdiciar lo que había sido una buena propuesta de atrapante comienzo, con un final bastante mediocre.

Dos películas con la misma idea: un extraño que se introduce en la feliz vida de una pareja, despacio, con lentitud. Con el agua rodeándolo todo, no hay vía de escape.

Helen

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