Mis tardes con Margueritte

Basada en la novela homónima de Marie-Sabine Roger, cuenta la historia de Germain Chazes, un hombre de 110kg, que desconfía de las palabras y vive en una caravana, en el fondo del jardín de su madre. Él pasa su tiempo entre el café y el parque público y es considerado por la mayoría como un imbécil feliz. Pero un día, Margueritte, una anciana muy culta le hace descubrir el universo de los libros y las palabras. Su relación con los otros y con sí mismo va a cambiar.

Cuando vamos al cine a ver una de Jean Becker, ya sabemos qué nos vamos a encontrar. Optimismo, buenas personas, y unas ganas de vivir increíbles. Y esta vez no iba a ser una excepción. El director francés nos cuenta la historia de cómo un encuentro fortuito puede cambiar la vida de las personas. De cómo la amabilidad natural nos abre muchas puertas. De cómo el valor de la amistad puede tirar para adelante una vida vacía.

Considerando el nivel de otras películas de Becker (“La fortuna de vivir“, “Conversaciones con mi jardinero“), quizá “Mis tardes con Margueritte” pueda ser considerada como una obra menor. Contrastando con la dura ironía melodramática de su última producción, “Dejad de quererme“, esta vez se ha optado más por un humor amable y una visión idílica de la condición humana. De rancia ha sido tachada, según algunos sesudos críticos. Pues que viva lo rancio.

Germain es un hombre prácticamente analfabeto, pero feliz. Trabaja aquí y allá, le gusta tomarse una copa de vino con sus amigos en el bar, no tiene tacto ninguno pero sí una novia estupenda… y una madre que nunca le quiso, y que no anda muy bien de la cabeza. Margueritte es una señora de 95 años pausada pero vivaz, que devora los libros y gusta de leerlos en voz alta. Y qué mejor ocasión que transmitir su pasión al torpe Germain, que prefiere ir al parque a ver a sus palomas.

Y para hacer una buena película de este calibre, necesitamos a dos buenos actores: el veterano Gerárd Depardieu, que cumple con soltura con un papel algo tópico, y Gisele Casadesús, dulce anciana, traviesa e inquieta. Gran parte del peso dramático de la película depende de ellos dos, como es natural. A ello se le suma una dulce banda sonora, un humor suave y una ambientación rural muy acertada.

¿Que Becker cae en un exceso de sensiblería? Sí. ¿Que determinados giros del guión son previsibles y le dan sosería a la historia -como la historia de la madre-? Sí. Pero la sensación final es tan poco pretenciosa, tan amable y tan alegre, que le perdonamos con facilidad todos los defectos que pueda tener.

Resumen:

Una inyección de optimismo y ganas de vivir. La amistad sincera y la sencillez es a veces la mejor apuesta.

Helen

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