Inland Empire

La percepción de la realidad de una actriz se ve progresivamente distorsionada, de manera cada vez más grave, al tiempo que va descubriendo que, quizá, se esté enamorando de su partenaire en un remake de una producción polaca no terminada supuestamente maldita. “Inland Empire” es la historia de un misterio en un mundo dentro de otros mundos, que se revelan alrededor de una mujer. Una mujer enamorada y en problemas. Un suburbio de Los Ángeles. Una mujer desaparecida. Un misterio sin resolver…

De cómo prescindir del espectador y rodar directamente del cerebelo al celuloide. 3 horas de surrealismo en estado puro, entre paranoia mental y diarrea visual, tetas y conejos, para bien, o para mal. Y es que con “Inland Empire” no caben las medias tintas: o la odias o te encanta. Y sin embargo, a mí me deja fría. David Lynch sigue fiel a su estilo: imágenes sugerentes, historia sin esbozar y gusto por el delirio, pero llevado al extremo. Una historia de muñecas rusas que se rueda sin guión, centrándose en una estrambótica estética visual -una fotografía digital (in)conscientemente horrenda- y la incoherencia más absoluta. Es todo un desafío para el sufrido espectador y para el más experimentado gafapasta.

Olvidemos todo el pasado de Lynch. Si “Mulholland Drive” era un acertijo acertadamente estético, “Inland Empire” derriba todos los convencionalismos del cine. Comenzamos con una bruja profética que nos introduce en una primera hora bastante coherente: una actriz es seleccionada para protagonizar un remake de una película polaca maldita. Poco a poco va perdiendo la noción de la realidad, comenzando así una segunda parte repleta de sinrazón y locura… hasta que termina el rodaje. Una última hora de terror puro, en el que se encajan algunas piezas: ¿quién es esa chica que mira una pantalla mientras llora?

Sueños, identificación, incomprensión, filosofía, pesadillas… Y sin embargo, vemos un atisbo de racionalidad, aunque sea porque nos aferramos a ella con desesperación, desbordados ante lo que estamos viendo e incapaces de discernir, como la protagonista, qué es real y qué es alucinación. Si existe el hiperrealismo, también el hipersurrealismo.

A destacar las interpretaciones, especialmente la de Laura Dern. No es fácil mostrarnos una mente tan fragmentada sin despeinarse. El resto de actores acompaña sin molestar. Acertado también el uso del espacio, claustrofóbico y agobiante. En contra, el uso experimental de la cámara, efectos y fotografía digital, apostadamente feísta, pero sin que me termine de convencer nunca. Y en el fondo es envidia. Me gustaría llegar a esa grandeza.

Resumen:

En definitiva, es un abuso constante a todos los niveles, pero es que David Lynch puede hacerlo. Recomendable para el que guste de sufrir. Puro desvarío.

Helen

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