En 1961, la novelista Harper Lee ganó el premio Pulitzer por su novela “Matar un ruiseñor”, en la que hacía un vívido retrato de la América profunda, de la Alabama sumida en la pobreza y en el racismo. A través de los ojos de una niña, la autora recrea un caso judicial ocurrido en los años treinta, en el que un abogado blanco, honrado e idealista, defiende a un hombre negro de haber violado a una muchacha blanca, en contra de la opinión pública.

Curioso caso el de Harper Lee, que obtuvo un merecido éxito por su primera y última novela. Una novela narrada desde el punto de vista infantil, a través de un flashback en que la hija, ya adulta, recuerda su niñez. Ese sincero y directo punto de vista envuelve toda la novela de honestidad, inocencia, ternura y sentimiento. Para que no se pierda conforme vamos envejeciendo.

La mezcla de tragedia y humor y unos personajes verdaderamente entrañables -Atticus Finch ha pasado a la historia como prototipo de humanidad, justicia y coherencia, padre cariñoso y hombre honesto que sigue sus principios a pesar de las dificultades- hacen de este libro una obra maestra del siglo XX.

Un año después, el artesano Robert Mulligan llevó la novela al cine, que se convirtió rápidamente en un clásico aclamado por la crítica y el público. El sabor de una buena historia, el ritmo de los acontecimientos, la narración desde el punto de vista de Scout y por supuesto, un inolvidable Gregory Peck en el papel de Atticus Finch -por la que ganó un Oscar-, formaron esta sensible adaptación cinéfila.

Atticus, hombre viudo -a destacar la escena en que habla a sus hijos de su madre-, intenta educar a sus hijos transmitiéndoles la perspectiva razonable de las cosas. Lecciones de humanidad, de justicia social y de amor a la verdad.

“Matar un ruiseñor” es una película que nunca envejece. Más allá de su estética típica de los años 50 -sobria fotografía en blanco y negro Russell Harlan y emotiva música de Elmer Bernstein- y su narración  puramente clásica, la película sigue fascinando como el primer día. Tanto como si el espectador es un idealista adolescente como un anciano defraudado por la vida. Para creer en la verdadera -e ingenua- justicia.

Y por siempre Atticus Finch y sus grandes gafas sabias. Padre no hay más que Atticus (Victor Lazslo).

Para concluir, un diálogo inolvidable:

“Átticus suspiró.

– Simplemente, estoy defendiendo a un negro: se llama Tom Robinson. Vive en el pequeño campamento que hay más allá del basurero. Es miembro de la iglesia de nuestra criada y ella conoce bien a su familia. Dice que son personas de conducta intachable. Tú, Scout, no tienes edad para entender ciertas cosas, pero por la ciudad se ha hablado mucho y en tono airado de que yo no debería poner mucho interés en defender a ese hombre.

– Si no debes defenderle, ¿por qué le defiendes?

– Por varios motivos. Y el principal es que si no le defiendo, no podré caminar por la ciudad con la cabeza alta, no podré representar al condado en la legislatura y ni siquiera podría ordenaros a Jem y a ti que hicieseis esto o aquello.

– ¿Quieres decir que, si no defiendes a ese hombre, Jem y yo ya no deberíamos obedecerte?

– Más o menos.

– ¿Por qué?

– Porque ya no podría pediros nada. Mira, Scout, por la misma índole de su trabajo, cada abogado topa durante su vida con un caso que le afecta personalmente. Éste es el mío, me figuro. Es posible que oigas cosas feas en la escuela, pero haz una cosa por mí: levanta la cabeza y no levantes los puños. Digan lo que digan, no pierdas los nervios y procura luchar con el cerebro, para variar…

– ¿Ganaremos el juicio, Átticus?

– No, cariño.

– ¿Entonces…?

– No importa. El hecho de que hayamos perdido cien años antes de empezar, no es motivo para que no intentemos vencer.”

Helen

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