Un condenado a muerte se ha escapado

Lyon, 1943. En la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, el teniente Fontaine (François Leterrier) es detenido por el ejército alemán. Tras un intento frustrado de fuga del convoy que le conduce a prisión es encarcelado y, muy pronto, condenado a muerte. Sin desfallecer, Fontaine dedicará su tiempo de reclusión a preparar minuciosamente su fuga. Para ello contará con sus manos y las herramientas que su exigua celda y el azar le proporcionen.

El spoiler más claro de la historia del cine te mantendrá clavado en el asiento durante la hora y media que dura este milagro, porque no lo creerás. Dudarás hasta el último minuto.  “Esta historia es verdadera, la cuento tal cual, sin adornos”.  Palabras del propio Bresson, que junto con “Diario de un cura rural” y “Pickpocket”, firma la más bella parte de su trilogía sobre la soledad, adaptando un relato autobiográfico de André Devigny.

Sin aditivos. Un mundo carcelario que se convierte en un universo de mensajes. Una narración desnuda, analítica, que deposita toda su fuerza en cada gesto, cada detalle, y en esa fuerza religiosa y espiritual presente en todo el metraje, pues Bresson retrata como nadie la prisión del cuerpo, y la libertad del alma, irremediablemente unidos, el hombre y lo invisible, y la comunicación que se establece entre ambos.

Bresson escoge a actores no profesionales y les deja que reproduzcan los hechos, sin más. El director ya se encarga de buscar el plano perfecto, la puesta en escena despojada, pura, sin teatralidad. Su uso del sonido es una maravilla -los silencios, el fuera de campo-, los diálogos, sobrios, pues estamos en una prisión, donde las palabras no hacen falta. La claustrofobia y el encierro no lo transmiten las cuatro paredes de la celda, sino la forma de entender el cine del director francés.

Resumen:

El lento camino hacia la libertad. El título no miente. Una película que cambia toda cinefilia.

Helen

Anuncios