L’ Ecole (Innocence)

Un murmullo subterráneo resuena en el corazón del bosque. Oculto por el follaje, una chimenea de metal revela pasajes subterráneos que conducen a los sótanos de cinco casas diseminadas a lo largo de un gran parque. El mismo está aislado del mundo exterior por una inmensa pared sin puertas. En una de estas casas, un grupo de niñas de entre siete y doce años se reúnen alrededor de un ataúd. La tapa del ataúd se abre, revelando a una niña de seis años. Su nombre es Iris.

La etereidad de “Picnic en Hanging Rock“, pero con espíritu propio. La francesa Lucile Hadzihalilovic nos presenta una obra delicada y fascinante, sobre un grupo de niñas atrapadas en un colegio en mitad del bosque… del que no se puede salir. Sin explicaciones, nos adentramos en un mundo de fantasía que asusta por la profundidad de lo que parece y no parece real.

La historia está basada en la novela de Frank Wedekind “Mine-Haha” (1888), que significa “aguas que ríen”, en un dialecto nativo. En efecto, el agua domina gran parte del metraje -especialmente en la apertura y en la conclusión-, creando un simbolismo de una fuerza aterradora. El agua como torrente incontrolable, que cobrará todo su sentido conforme profundicemos en este mundo onírico.

El lazo rojo, el de la inocencia. Iris tiene 6 años y se siente perdida. Echa de menos a su hermano, pero pronto encuentra refugio en sus compañeras. Se asoma al mundo y vemos el mundo a través de unos ojos abiertos como platos.  La sensación de no saber nada del mundo que nos rodea. Una larva que acaba de nacer.

El lazo azul, el del inconformismo. Alice quiere ser diferente. No quiere saber, quiere vivir. Por eso se esfuerza por buscar su vía de escape: la danza. Sabe que si resulta elegida por la fundadora del colegio, podrá escapar del único mundo que ha conocido. El anhelo, el deseo. Los sueños. Una larva atrapada en su capullo.

El lazo violeta, el de la madurez. Bianca tiene un secreto, junto con el resto de niñas mayores, con las que sale cada noche, en busca de una mirada, de una atención. No sabe lo que la espera, pero sabe que los cambios van a llegar… y será pronto. La confusión natural. La levísima coquetería. La ninfa que se esfuerza por salir torpemente de su letargo.

La puesta en escena es una obra de arte. Los colores, los objetos, los detalles, todos encierran un significado que no pasa desapercibido. La película encierra múltiples lecturas e interpretaciones. Las actuaciones, tanto de las niñas como de las dos enigmáticas maestras -sublime el momento en que Marion Cotillard rompe su máscara-, asombran por la naturalidad y realidad que desprenden.

Pero lo mejor es el final. Una escena maravillosa en la que irrumpe, por fin, el elemento que se había echado en falta en toda la película, y que no desvelaré. La sexualidad menos sexual, menos violenta, menos visible, menos cruda de la historia del cine, pero terriblemente explícita, en concepto y en sugestión. Porque habría sido terrible estropear ese momento.

Resumen:

Consejo a los navegantes: esta es una película para sentir y soñar, y también para pensar. Pero sin prejuicios: imágenes que ilustran conceptos.

Helen

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