Krabat, el aprendiz de brujo

Karel Zeman, en mi cabeza, era un experimental del cine, no de esos que graban cosas imposibles que en realidad no les interesa ni a ellos mismos, no de esos que tienes que hacer de tripas corazón para ver sus trabajos,  Zeman,  es un hombre que mezcla con gran maestría la animación, las marionetas, la fantasía más retorcida que habita en su subconsciente con actores de carne hueso que proporcionan un realismo mayor a sus obras.

Por esto, el visionado de la película que nos atañe hizo que se produjera un pequeño rayo de luz que me descubrió una nueva faceta de este gran hombre. “Krabat” se desarrolla íntegramente con el arte de una animación gruesa, tosca, opositora del perfeccionismo. Los trazos son descuidados y las líneas rara vez dibujan una silueta rectilínea. Los personajes quedan deformados de forma infantil atribuyendo rasgos cálidos a cada uno de los protagonistas. Esto último se rompe con el “Amo” un ser despreciable, malvado y cruel que es definido, incluso, por la forma en la que esta dibujado.

La historia de “Krabat” está basada en un cuento escrito por Otfried Preußler y narra las peripecias de un vagabundo infantil, Krabat, que gracias a los devenires de su pobre vida llega a un molino capitaneado por un malvado hechicero encubierto. El mayor conocimiento popular de esta historia viene de la clásica e incompleta, además de infantil y superficial, adaptación de Disney, protagonizada por un vago Mickey.

Zeman consigue hacer lo que mejor se le da, contar tanto y tan bien en menos de hora y media. El ritmo de la película es algo lento, hecho que contrasta con la sensación práctica que le supone al espectador el visionado de la película. Cada fotograma es un buen momento para deleitarse con los movimientos simplistas de los personajes  o con el colorido paisaje, o bien, estremeciéndote con la enorme herida que sesga la cara del “Amo”. Y es que “Krabat” consigue transmitir cada una de las sensaciones que compone la obra, te hace sentir observado por un cuervo negro desde la ventana, o acompañado por una hilera de raudos ratones.

Resumen:

Un ejercicio magistral de animación simplista con un toque de madurez infantil.

Melchian

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