agosto 2011


Peores películas de la historia: Agresión en la casa del terror

Desde los años 70 la industria del cine ha crecido de manera exponencial hasta nuestros días. En los años 50 y anteriores para hacer una película era necesario uno de los pocos monstruos productivos de la época. La inversión privada era casi nula. Estos factores provocaban unos números bastante reducidos en cuanto a la cantidad de largometrajes, pero también, la calidad de la mayoría de ellos era bastante decente.

Actualmente cualquier persona puede hacer una película juntándose unos amigos con unos pocos euros. Un caso bastante extremo es el de la reciente “Paranormal activity” que con 15.000 dólares de presupuesto consiguió recaudar más de 100 millones de los mismos solo en salas estadounidenses.

Al contrario que sucedía en los 50 el panorama fílmico actual contiene películas para todos los gustos de casi infinitas temáticas, estilos y géneros. Las películas realizadas son mucho mayores que entonces con la casi indudable pérdida de calidad cinematográfica. Y es que echando un vistazo general este aumento de producciones nos ha dejado películas que desbancan los clásicos tópicos y eufemismos del cine clásico.

Un claro ejemplo es el caso de la considerada peor película del mundo, la archiconocida “Plan 9 from outer space”, un título de culto. Cuando hablamos de cine y sale el tema siempre me quedo un tanto ofuscado. Si, hace 40 años podría ser la peor, pero actualmente tenemos films que le dan 50 vueltas en cuanto a cutrez, tanto argumentativa, artística y dramática. Ejemplos hay muchos: “Deadhunter: Sevillian zombies” es un claro ejemplo de una película de las nombradas características, o “Dard divorce”, producción alemana de gore mal hecho… La lista podría hacerse interminable, y es que hay miles o millones de largometrajes de este estilo.

Uno que he descubierto recientemente y que me ha hecho plantearme todas estas cosillas que os he expuesto antes ha sido “Boarding house” o “Agresión en la casa del terror”, producción estadounidense de principios de los ochenta que narra las desventuras de una panda de tipas en bañador en una casa con poderes sobrenaturales.

La película en si es mala, malísima, pero no mala del tipo graciosa, no, al terminarla sientes ganas de acabar con la vida de su director, los actores, el encargado de fx, el cámara o incluso del tipo que les traía los cafés. Además te consuela pensar que seguramente te agradezcan que acabes con sus vidas.

Las escenas y su desarrollo son inconexas, no te enteras de la historia principal, y de las historietas secundarias de cada uno de los personajes todavía menos.  Sus efectos especiales son de risa, una sombra tipo manta fantasmal para la casa, efecto electrocutamiento hecho con la luz de una linterna, miradas perdidas directamente a la cámara, medio cerdos mutantes (lo de “medio” es porque el actor que hace de ellos solo tiene caracterizada la mitad de su cuerpo), planos inventados que descuadran la dinámica y que se acercan más a un video casero que a una película “profesional”  y así un sinfín de cosas.

Los actores, o mejor dicho, actrices (ya que el género femenino es el que abunda en la mayor parte del film), son penosas, sobreactuadas, solo están allí para enseñar cacho y ponérsela dura al protagonista. También son abundantes las roturas del espacio-tiempo; de vez en cuando se hace de día y al segundo es de noche, o la casa se encuentra en una urbanización y al segundo aparece un enorme cementerio a su vera libre para que las protagonistas corran en ropa interior.

A pesar de todo esto las muertes son las que más grima dan (y eso que hay pocas). Lo que más te sorprende de ellas es que parece que no ocurren, el impacto que generan en el resto de inquilinos de la casa es mínimo. Esto último quizás sea porque cada vez que muere una fémina es sustituida mágicamente por otra sin explicar de dónde sale, solo por hacer bulto, ya se sabe que el número de chicas no puede ser inferior a 10 en una película de este estilo.

Y así, suma que suma, la cantidad de improperios que puedes aguantar en más de hora y media (¡más de hora y media!) se ve sobrepasado por mucho cuando ves aparecer las letras de créditos finales. Es entonces cuando le pides disculpas al señor Ed Wood e incluso a Uwe Boll, (si, a este último también) mientras la lista de peores películas jamás rodada se corre un puesto, dejando el número  uno a esta maravillosa y fantástica producción.

Atentos al principio de la película, donde un narrador misterioso nos avisa:

–          Señoras y señores, una advertencia, para proteger a los propietarios de las salas cinematográficas y a los que han realizado esta película en “Horrorvisión”, los espectadores que padezcan de los nervios o del corazón deberán taparse los ojos y los oídos cada vez que este objeto parezca en la pantalla (guante negro gigante que ocupa toda la pantalla) o cada vez que se escuche este sonido (sonido misterioso de fondo). Gracias.

Gracias por la advertencia, ahora veremos la película mucho más tranquilos.

Resumen:

Algo horrendo, horripilante, desastroso, catastrófico, algo para el que la RAE deberá crear nuevos adjetivos.

Melchian

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Ciclo cine friki: Las aventuras de Buckaroo Banzai a través de la octava dimensión

Pensando una tarde de domingo fui consciente de la cantidad ingente de cine palomitero que existe y cuyo único propósito es hacer perder el tiempo a la gente. El quiz de la cuestión es que estas películas sobreviven al paso del tiempo mejor que cualquier otra y, lo que es peor, aumentan en calidad frente a los ojos de los millones de fans que las secundan, se compran camisetas, hacen festivales absurdos y se disfrazan en Halloween de su personaje favorito. Estoy hablado del archiconocido cine “friki”.

Para los frikicinéfilos, entre los que me encuentro, no hay mejor momento que sentarse en el sofá con unos amigos con palomitas y cerveza (refresco edulcorado en sustitución) en mano y darle al play para que comience una hora y media de fantochada tras fantochada. En conmemoración a todas estas películas inservibles y deplorables para la mayor parte de la humanidad, elixir y santo grial para otros, he decidido hacer un pequeño ciclo en el que se intentarán recoger algunas de ellas. Comencemos…

Existen una serie de patrones o reglas, llamémoslas reglas, si, como las de los gremlins, que hacen que una película se alce dentro del glamour barriobajero del cine “friki”. Para los entendidos les parecerán familiares  y seguro que me ratificarán, al resto os sonarán a chino y me tildaréis de loco (no os quito la razón) pero solo tendréis que ver un par de las películas que os voy a resumir para darme la razón también.

Dentro de estas reglas una de las más importantes es que la película se haya rodado dentro de las décadas de los 70 u 80, siendo esta última la más prolífica de las dos. Además, el personaje debe de ser carismático, todopoderoso, universal y encima tiene que darse cuenta de que lo es. También un gran punto a favor es que deben de reunirse varios tópicos en el argumento, aliens y zombies, vampiros y payasos, artes marciales y viajes espaciales… Una de las películas que cumple a perfección con todas estos puntos es “The Adventures of Buckaroo Banzai Across the 8th Dimension”, o “Las aventuras de Buckaroo Banzai a través de la octava dimensión” título muy fidedigno con el que se comercializó en España.

La película va de un tipo que aúna numerosas habilidades en su persona, es cirujano,  estrella del rock (Canta, toca la guitarra, el piano y la trompeta), cinturón negro (a falta de más colores) de karate, experto en numerosas artes marciales, científico especializado en materia cuántica, protagonista de varios comics, presidente de un instituto (llamado, cómo no, instituto Banzai) que sirve a su vez como base secreta de operaciones, amigo íntimo del presidente de los EE.UU y propietario de un ejército privado de seguridad al que llama “Los chaquetas azules”; además acaba con superpoderes al final de la película, siendo capaz de revivir a la gente. Una vez presentado al susodicho protagonista nos centramos en la banda que le acompaña que es una serie de clones de Banzai pero un poco desactualizados, rockeros, científicos y pistoleros.

Bueno, la excusa para hacer la película vino de lo siguiente:  Banzai trabajaba en un prototipo de coche que le permitiera alcanzar una velocidad increíble y con la ayuda de un aparato (de su propia invención) poder atravesar la materia sólida alegando que puede pasar entre el huevo vacío existente entre los neutrones y electrones de los átomos. El caso es que al hacer la prueba atraviesa la barrera del sonido y no sé qué más giliflauteces y se encuentra cara a cara con los electroides, extraterrestres de una dimensión desconocida encerrados en la 8ª dimensión que es a la que accede Banzai con su invento. Este hecho desencadena una especie de invasión alienígena un tanto descabellada y estúpida en la que Buckaroo y su grupo rockero harán todo lo posible por evitar. Además, un gran añadido es la amenaza de una segunda banda de extraterrestres que pretenden bombardear a los rusos e iniciar de esta forma una tercera guerra mundial si Buckaroo no derrota a los aliens convictos. Lo más gracioso es que todos los alienígenas “buenos” son negros rastudos con un claro parecido a Bob Marley.

Como podréis imaginar la cosa se desmadra bastante conforme avanza la película hasta tal punto que pierde todo significado cinematográfico y su guión se sustenta en cuatro caras de estreñimiento (bien puestas eso sí) del gran Buckaroo. Dentro de las fantasmadas podríamos destacar un par, como en la que Banzai roba una Harley Davison delante de sus dueños y estos se limitan a saludarle con la mano (no era un gesto amenazante, era un claro adiós acompañado por sonrisas complacidas). Más tarde en esa misma persecución, con nuestro Buckaroo a los mandos de la moto, intenta lucirse describiendo un círculo en el asfalto sin ningún tipo de objetivo, mientras los susodichos extraterrestres se le escapan.

La nombrada banda “Los chaquetas azules” está formada por un hombre y su hijo, este último es quien recoge las llamadas, ayuda a buckaroo, empuña rifles, retiene al malo de la película y hace la pelota al resto de los asistentes. El padre se limita a sonreír y a darle permiso al pequeño (de no más de 7 años) a ir en el coche supersónico (si, así lo llaman).

Teniendo ante nosotros a tal ejemplo de excelencia sobrehumana no podríamos pensar que la película nos deparara alguna sorpresa que supere lo visto: como siempre, nos equivocábamos. La sorpresa de la película es la aparición de Jeff Goldblum (si, el actor de “Jurassic park” y protagonista de su segunda parte) pero no su presencia, no, sino su atuendo. Acompañando al resto del equipo con un atuendo más que rockero y glamuroso (atención, estamos hablado de los 80) aparece nuestro amigo Jeff vestido de vaquero canadiense, con sobrero, camisa roja, chaleco, tejanos y esas perneras blancas con pelo de vaca… No fuimos los únicos a quien sorprendió ya que uno de los rockeros dice:

–          Tio, ¿En New Jersey vestís así?

A lo que Jeff contesta (con amplia sonrisa en la boca y gesto despreocupado)

–          Eres muy gracioso ¿no?

Escribiría y escribiría varias páginas resumiendo una y otra vez los grandes momentos de la película pero prefiero que los comprobéis vosotros mismos, eso sí, os dejo la escena de los créditos finales, un momento impagable.

Resumen:

Película ochentera plagada de fantasmadas y sin sentidos, una de las grandes del cine friki. A destacar su secuencia final de créditos con pasos de baile incluidos.

Melchian