Scream 4

Parece que el mundo del cine todavía no ha aprendido la lección. Si hacemos memoria, “La matanza de Texas”, “Halloween”, “Viernes 13”, “Pesadilla en Elm Street” y otras muchas de menor envergadura han tenido una larga estela de secuelas, largometrajes que explotan su personaje principal, sus gracias, sus métodos hasta la saciedad. Películas que solo sirven para contentar a los fans acérrimos de cada personajillo y que sirven más al dólar que al cine de terror. Hasta ahora la única que había permanecido inalterable, por lo menos medianamente, era la saga de “Scream” protagonizada por nuestro querido y poco carismático Ghostface. No sé si ha sido porque a Craven no le salía un tiro decente desde hace más de diez años y a la vista de la reciente resurrección de tantas sagas clásicas decidió hacer tanto de lo mismo, estrujar su gallina de los huevos de oro. El problema, Craven, es que ya no tiene más huevos que poner.

Scream 4” rompe la trilogía inicial por simple hecho de ser la cuarta película de una trilogía, pero eso no debe importar, demasiado. El argumento es el de siempre, Ghostface coge su cuchillo (cada vez más curvilíneo) y se dedica a matar a todo bicho que se encuentra por delante. Básicamente es eso por mucho que nos intenten vender vueltas de tuerca, líos de cabeza con remakes de películas anteriores, cine dentro del cine… las famosas reglas del cine de terror ya no las cumple nadie.

Dejando de lado la poca originalidad que deja tras de sí el título podemos centrarnos en otros muchos detalles indeseables. Uno de ellos es el maravilloso desfile de silicona en el que se convierte la película. Courteney Cox y David Arquette vuelven para co-protagonizar la nueva secuela, un gran alivio para muchos fans, pero la verdad sea dicha, independientemente del paso del tiempo he tenido que pestañear un par de veces para reconocerlos en pantalla, sobre todo a Cox. ¡Por Dios! ¿Se debe reconocer al mirarse al espejo? Y ya ni hablemos de la tía de Campbell… un despropósito de caras impersonales, sin expresión y que dejan la interpretación como mero apunte en el margen de un papel emborronado.

Craven opta por muertes mucho más sangrientas y viscerales (literalmente) que en sus anteriores películas, quizás sea para intentar despistar al espectador del despropósito general del largometraje o simplemente para adaptarse a los tiempos. Los sustos no pasan de ser cuatro subidas de volumen a lo largo de las escenas, los clichés del slasher se repiten de forma aburrida en lo que ya no sabes si calificar como parodia o falta de ideas.

Otro de los puntos que cansa muchísimo es la cantidad de los famosos “falsos fínales” que nos regalan a lo largo de la última media hora de metraje. No es por el número, que también, sino por la calidad de los mismos, sabes lo que estás viendo, sabes lo que va a pasar y sabes perfectamente que la película no termina ahí. Lo increíble es que pueden llegar a meter cuatro seguidos. ¿Para aumentar el metraje? ¿Igual es que se creen de verdad que engañan a los espectadores? De todas formas, cada final es peor que el anterior, dejando reservado para el último el más patético y previsible de todos, con frase “carismática” incluida.

Además la película cuenta con un posible toque paródico y de humor (dependiendo del espectador) el cual se ve reflejado en las numerosos guiños al cine de género presentes en varias escenas, posters clásicos, Robert Rodríguez como director de “Puñalada 7”, frases cómicas con alusión a películas clásicas, en fin, más de lo mismo.

Por favor señores de Hollivú estrujaros más los sesos y menos a vuestras viejas glorias y como bien dicen en esta bazofia (quizás lo único inteligente):

–          Primera regla de un remake: No jodas al original.

Resumen:

Fantochada de la mano del viejo Craven que intenta recaudar fondos para una mejor jubilación. Más gore, menos actuación y originalidad. Solo apta para mirar sin ver nada.

Melchian

Anuncios