Night of the lepus

Barracudas, anguilas, abejas, moscas, hormigas, saltamontes, sanguijuelas, babosas, gusanos, tigres, leones, pájaros, garrapatas, monos, tiburones, musarañas, murciélagos, tomates… así hasta un lejano infinito. El cine de terror a lo largo de toda su historia ha ido engrosando las filas de un subgénero un tanto palomitero. Los animales, ya sea por venganza natural o por intervención del hombre, se han ido levantando, mutando y cabreándose con pequeños pueblos, generalmente estadounidenses, para deleite del consumidor del cine de serie b.

Dentro de este subgénero siempre encuentras una película que te sorprende. En este caso el título “Night of the lepus” es el causante de ello.

La película se centra en una pequeña zona situada al sur de Estados Unidos, como no, donde los conejos han empezado a multiplicarse como… si, como conejos… hasta alcanzar un número desmesurado de individuos de orejas puntiagudas. El caso es que los vaqueros están bastante cabreados con los animalillos ya que construyen madrigueras y se comen los pastos así que deciden matarlos. ¿Cómo?, ¿cazándolos?… no, ¿veneno?… no, ¿trampas?… no… para ellos es mucho más sencillo experimentar con sueros mutagénicos experimentales, valga la redundancia.

Si alguien lo dudaba el resultado es un tanto descabellado, conejos de más de sesenta kilos con dientes de cinco centímetros que aterrorizan a los campistas y demás campesinos paletos. Pero no temáis, el científico responsable del horror, su mujer y su hija tocapelotas junto con un exfutbolista, el rector de la universidad y el sheriff darán buena cuenta de ellos.

El argumento es totalmente convencional, sigue cada uno de los tópicos del subgénero a rajatabla. Los actores son mediocres, el guion es basurilla de serie b y la utilización de imágenes de archivo un tanto redundante. A pesar de ello los efectos especiales consiguen hacer su cometido. Están formados por una combinación de conejos, maquetas, peluches y muchos planos superpuestos. El resultado es, cuanto menos, encomiable viendo el aspecto general de la película. La sangre que intenta ser abundante es de un rojo brillante un tanto sospechoso lo que hace que quede bastante surrealista y artificial.

El tema “ciencia” tan utilizado en este tipo de películas no es menos en esta producción. Nuestros protagonistas se pasan buena parte del film hablando de sueros, hormonas, venenos, conejos asexuales, grupos de control y demás jerga efectista. Pero todo esto da exactamente igual siempre que tengas mucha dinamita, balas y, claro, una vía de tren cargada de electricidad…

El resultado final es cuanto menos curioso. Te ries y disfrutas al mismo tiempo viendo como un par de graduados intentan hacer que los conejos parezcan bichos enormes o como estos animalillos brincan grácilmente entre las maquetas pero se caen a peso muerto cuando atacan a los humanos sustituidos por su “extra” de peluche.

Una escena encomiable es cuando varios conejos se asoman en la cresta de un colina, la cámara hace un primer plano de sus ojos (que expresan mas ternura que otra cosa) y se quedan acechando a un camión que hay en la carretera. Por supuesto los técnicos de sonido añaden unos cuantos rugidos y bramidos felinos para que todo tenga un aire más… depredador.

Resumen:

Un largometraje con hora y media de diversión pura y dura donde veremos hacer cabriolas, correr, saltar, devorar y matar a conejos gigantes todos mulliditos y suaves. Como bien dice la niña tocapelotas… ¡Pero mami! ¡Si a mi me gustan los conejos!

Melchian

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