marzo 2012


Saga House on haunted hill

Muchos de los grandes clásicos de Hollywood han sido objeto de revisiones con un éxito más o menos importante. En los últimos años, caracterizados por un deje y un decaimiento importante de la industria cinematográfica, Hollywood ha desempolvado los éxitos del pasado para volver a exponerlos en la pantalla grande. Desde hace cinco años han ido saltado a la palestra del cine importantes y exitosos clásicos, la mayoría enmarcadas dentro del terror, la ciencia ficción o la fantasía. “Pesadilla en Elm Street”, “Viernes 13”, “Halloween”, “Furia de titanes”,  incluso “Evil dead”, en un futuro próximo, engordan la lista. “Alien”, “Predators”, “Tron”, “Hellraiser”, en cambio,  han visto ensanchada su vida por cuestionables secuelas.

Seguro que nadie desconoce las películas que acabo de nombrar. Usualmente se suelen dejar en el tintero producciones que no gozan de la popularidad del cine comercial. Casi a principios del nuevo milenio dos películas hicieron su estreno en las salas, “13 fantasmas” y “House on haunted hill”, en el 2001 y 1999 respectivamente. Ambas son remakes de sus correspondientes versiones del 1960 y 1959. Dejando a un lado la olvidable versión sesentera de los fantasmas nos centraremos en la saga de la casa encantada.

The house on haunted hill” encierra una historia original para la época. Enmarcada dentro del subgénero de las casas encantadas y protagonizada por un excelente Vincent Price relata la historia de siete individuos que intentan sobrevivir una noche en una supuesta casa encantada. El objetivo, conseguir los 10.000 dólares de premio ofrecidos por un rico hombre de negocios. Con esta premisa se desarrolla una película plagada de escenas un tanto perturbadoras que se diluyen conforme avanza el tiempo para dejar paso a un simple film de suspense.

Es irremediable no hacer comparaciones con su versión moderna. La producción  rodada en 1999 me parece uno de los pocos casos en los que el recurso del “remake” dio sus frutos, en cierta manera.

Esta revisión conserva las premisas que hicieron triunfar a su predecesora, incluso su protagonista conserva un gran parecido con Price. La historia es prácticamente la misma. Un rico magnate invita a siete personas a la casa y les promete una cuantiosa recompensa si consiguen sobrevivir a la noche. Ahora bien, añade ciertos cambios en la trama para adaptar la historia a la época actual, donde unos pocos esqueletos manejados por hilos ya no asustan a los cinéfilos.

En ambas obras la casa se dibuja como un bastión inexpugnable, recubierto de placas de hormigón, con ventanas selladas y puertas metálicas. Esto hace que la sensación de claustrofobia, mucho mayor en el remake que en el original, te acompañe durante toda la proyección. En 1959, donde las casas encantadas quitaban el sueño, supieron dibujar una muy acertada aura fantasmagórica con asesinatos sin resolver, cabezas que nunca aparecieron, cubas de ácido y pasadizos secretos. En la versión del 99 esa aura se queda obsoleta, mantienen los fantasmas pero cambian la casa por un psiquiátrico dirigido por un loco enfermizo. Los espíritus de los asesinos en una y los fantasmas de locos, perturbados y doctores malignos en otra.

Con esa diferencia y, transcurrida la media hora de metraje todas las similitudes entre ambas películas va diluyéndose hasta desaparecer por completo. “La casa de los horrores” como se título en España a la versión del 59, se transforma en un thriller de suspense con final un tanto descafeinado. La historia deja de lado a los fantasmas y pasa a centrarse en los desamores vengativos del matrimonio anfitrión. Mentiras, asesinatos, celos y mucho dinero hacen que Price y su esposa comiencen un toma y daca que “desencanta” la trama, expulsando cualquier vestigio sobrenatural.

En cambio, en la versión moderna, la historia se encamina hacia el lado opuesto. El doctor maligno y sus oprimidos y torturados pacientes cobran un protagonismo casi completo. Se mantiene, por supuesto, la trama subyacente de infidelidades y competición violenta entre el acaudalado matrimonio pero con escenas anecdóticas.

Así, el ramake se desmarca de su predecesor incurriendo en el tópico de las películas de terror actual, siluetas entrecortadas, fantasmas deformados, gore comedido, flashbacks y malos hijoputescos. Todo ello para concluir con un final predecible que echa por tierra la buena ambientación.

De forma general y, centrándonos en los sentimiento de terror o, por lo menos, con ese toque espeluznante, nos encontramos con dos obras totalmente explotables. El aura de decadencia y muerte transmitida por el remake, con esas habitaciones enormes, de aire gótico, que parecen estar sacadas de “Drácula” de Stoker, contrasta en enorme medida con la casa estilo victoriana, recargada, pomposa del clásico. Los fantasmas de una y otra película producen algún que otro respingo pero, es aquí donde la versión del 59 realiza un trabajo encomiable. En la primera media hora de metraje, donde la trama se basa en el aspecto sobrenatural, se crean atmosferas muy conseguidas con caracterizaciones bastante perturbadoras. La cuba de ácido, el ahorcamiento, la aparición que se desliza… un conjunto de efectos clásicos a los que el blanco y negro les hace un gran favor. En ese aspecto, el remake, no puede competir, basando su toque aterrador en la parafernalia virtual que se utiliza hoy en día. Irreal y exasperante.

Las actuaciones son pasables en ambos casos, influidas de manera desmedida por la corriente de la época a la que pertenecen. Vincent Price resalta en el clásico, desenvolviéndose como pez en el agua en este tipo de producciones. En la versión de 1999 es remarcable la aparición de un clásico entre los clásicos, Jeffrey Combs, que encarna al doctor.

Ocho años después, el remake vería aparecer una secuela casi olvidable. Las actuaciones van a peor, la trama decae completamente y el estilo televisivo se remarca de forma notoria. Permitámonos relegarla al vacío olvidado donde los amantes del cine de terror dejamos esas producciones sin sentido para que no enturbie sus dos predecesoras.

Resumen:

Saga de películas remarcable que, sin llegar a ser fantásticas por separado se complementan perfectamente una con otra, ofreciendo y negando una lo que encuentras en la otra.

Melchian

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Las peores películas de la historia: The Jitters

A lo largo de la historia del cine se nos ha presentado diferentes variables dentro del arquetipo vampírico. Desde el conde Drácula, romántico, con su capa negra y roja de cuello alto, el terror de las nenas; vampiros modernos al estilo niños malos como los representados en “Jóvenes ocultos”; vampiros zombificados como los de “El último hombre vivo” y sus repetidos remakes; evolucionados y mutados como los de “Blade”… y así un largo etcétera.  Pero en 1989 una pequeña producción estadounidense rompió el molde.

The Jitters” es la inclusión en el cine palomitero de una versión china del clásico de los vampiros. Empecemos…

El argumento es de lo más original. Un abuelo chino llamado Frank (todo el mundo sabe que los abuelos chinos se llaman Frank) regenta junto con su sobrina una tienda de regalos chinos en Chinatown ¿tópico, que es eso?.  La sobrina del susodicho esta saliendo con un tipo de negocios del centro, urbanita a más no poder. El problema viene cuando una banda zarrapastrosa de maleantes ataca la tienda y mata al abuelo convirtiéndolo en un vampiro asiático con muy mala leche.

Ese es el desencadenante de una tremebunda cantidad de gags sin sentido, chorradas infinitas y diálogos absurdos. Para empezar hay que introducir a lo que en esta “película” llaman “Giong shi”, el vampiro de turno. Se supone que cuando algún chino muere por causas no naturales, es decir, por el mal (léase con voz tenebrosa), se vuelve azul, le salen orejas puntiagudas, colmillos, sufre de ciática y le da por vestir un ridículo traje tradicional. Me explico. Estos seres no saben andar, se trasladan dando pequeños saltitos siempre en una posición. Juntas las piernas, doblan las rodillas, alzan los brazos cual Boris Karloff y van dando saltitos cual conejitos. El traje consiste en una túnica negra con letras chinas, un sombrero con ponpon, un faldón blanco y una pluma de metro y medio toda desgastada que les sale del gorro. Vamos, verlos en solitario traumatiza, pero cuando se juntan son todo un espectáculo.

Ni el ajo, ni los crucifijos, ni la luz del día y, por supuesto, la cruz y el agua bendita les hace algo. Estos vampiros asiáticos solo pueden controlarse por métodos cuanto menos curiosos. Guía para matar un Guiong shi:

–          Deja de respirar. Eso les confunde. Empiezan a dar vueltas completamente aturdidos.

–          Sopla a través de una caña. Si, de esas junqueras que encuentras en la rivera de los ríos.

–          Utiliza un espejo. No los golpees con el, no, eso no es efectivo. Limítate a enfocarlos como si fueran hormigas bajo una lupa gigante. Eso les hace daño, empiezan a supurar y pasados unos 30 segundos se transforman en un ser más poderoso, con exoesqueleto y una lengua un tanto serpentina. Pero no os preocupéis, seguir enfocándoles y se derretirán.

–          Este es mi favorito. Pegarles una especie de etiqueta de papel amarillo con unas letras chinas en la frente. Eso les paraliza.

Una vez que ya sabemos que tenemos entre manos y como destruirlos nos centraremos en la película. Básicamente no hay más. Bueno si, se inventan muchas tramas secundarias a las que no prestas la mínima atención, ya que la tensión a la que estas sometido vigilando cada uno de los saltos de esos vampiros es demasiado intensa. A parte de los chupocteros malvados hay una especie de banda super mafiosa y agresiva formada por seis panolis, el jefe, la tía buenorra y cuatro descerebrados. Entre todos montan un sarao de no te menees con rehenes, dinero, pistolas, emboscadas, magia y muchos, muchos saltos vampíricos.

Cuando llega el final y tras haber estado toda la película siguiendo la pista a los vampiros, viendo como mataban gente y no paraban de saltar, y de repente llega el chino medio mago tipo “guru” y saca una especie de bastón con campanilla y dice:

–          ¿Nunca te he hablado del carillón de la muerte?

Al urbanita se le queda una cara de… espera einh! Y no es para menos, ya que el supuesto “Carillón de la muerte” es un palo con una campanilla que puede controlar los vampiros. Exacto, lo tienen toda la película, pero solo se les ocurre usarlo al final. Oh! y deberíamos estar agradecidos, si lo hubieran usado al principio no habríamos podido disfrutar de una hora de saltos y más saltos.

En fin, las actuaciones son deplorables, la historia es vergonzosa, el maquillaje y efectos especiales son de rastrillo… “The Jitters”, bienvenida a la lista de las películas más malas de la historia.

Resumen:

Si Bram Stoker levantara la cabeza…

Melchian

The artist

En los años 20, la unión de la popularización del cine junto con la necesidad de evasión por parte de la población para intentar inhibirse de la incipiente crisis económica, convierte el entretenimiento cinematográfico en un pasatiempo bullente. Es en esa época donde un nuevo universo, en blanco y negro y carente de sonidos, embelesa a los nuevos cinéfilos.

Ahora, en pleno 2012, donde la hegemonía de Hollywood es casi universal, donde las ideas originales que planteen películas impredecibles parecen no tener lugar, un mundo en el que los efectos especiales, la automatización, los ordenadores, el 3D, las nuevas tecnologías en imagen y sonido son el pan de cada día… ha sido Europa la que ha brindado cierta luz. Y no deja de ser irónico que ese atisbo de cine diferente, en cierto modo original, se plantee en un formato obsoleto, de hace casi un siglo.

The artist” se presenta como una de las piezas imprescindibles de los últimos años. George Valentin, un afamado actor mudo vive en sus propias carnes como la llegada del sonido a la industria cinematográfica lo relega al olvido. Esta pequeña premisa que ya ha sido explotada antes en numerosas producciones, como en la famosa “El crepúsculo de los dioses”, sirve de encabezado y flujo de una de las mejores películas del panorama fílmico actual.

Esta producción se presenta en blanco y negro, además de prescindir del sonido en la mayoría del metraje. ¿Qué queda en una película cuando se prescinde del color, de las explosiones, del sonido, de las voces de los actores, de la espectacularidad visual? Los actores. Esas personas que a menudo son los protagonistas olvidados de las películas vuelven a retomar su papel imprescindible. Ellos son los que sustentan la película.

Jean Dujardin, interpretando a Valentin, brilla con luz propia. Cada gesto, cada “mueca” crea un personaje real. Parece que haya sido arrancado de uno de los fotogramas de una película olvidada de hace 80 años. Sus gestos denotan el carisma necesario en el primer tercio de la película creando un personaje afable e incluso algo engreído. Es el prototipo de estrella Hollywoodiense.  En cambio, conforme pasan los minutos se puede percibir un cambio gradual en su actuación. Se acomoda al ritmo de la película ofreciendo lo que su papel le exige en cada minuto. Podemos encontrar un personaje alegre, que te arranca un par de sonrisas para luego transformarse en un ser acabado, orgulloso, detestable.

Bérénice Bejo en cambio realiza un trabajo pasable, no destaca. Quizás por que el protagonismo recae casi al cien por cien en su compañero. Parece que los acontecimientos pasen a su alrededor sin que ella los busque. Simplemente esta. También tienen su pequeño papel grandes de la pantalla como John Goodman, Malcolm McDowell o James Cromwell.

Dejando a un lado la parte más personal nos encontramos con una película plagada de metáforas, imágenes, guiños. La factura técnica es muy buena y la fotografía destaca por encima de lo demás. Hay un momento en el que se ve a Valentin sentado en un sillón quemado, rodeado de su vida destrozada, uno de los momentos cumbres de la película y el que más transmite al espectador. Pena, reproche, culpa, nostalgia, cansancio, pérdida. Increíble.

El sonido, o la ausencia de él, se transforman en un personaje más en esta película. El metraje esta acompañado por una banda sonora orquestal que ayuda a ambientar de una forma muy efectista. Sin embargo existen momentos en los que la música deja de sonar, quedando la película completamente en silencio, pero, la acción sigue su curso. Es en esos momentos en los que aguantas la respiración como si algo terrible fuera a pasar y te das cuenta de lo expresivo que es el silencio. Magistrales son también los dos momentos concretos en los que el sonido hace acto de presencia. Lástima el final.

Una película increíble que devuelve al público la posibilidad de disfrutar de los actores, personajes desnudos sin explosiones, efectos ni artificios. Cine en estado puro. Por una vez, la academia ha acertado.

Y no os preocupéis por si al terminar la película vuestros pies se mueven con cierto ritmo, es normal:

Resumen:

Cita de obligado cumplimiento para todo amante del séptimo arte. Sentimientos expresados únicamente con el arte de la actuación, cine desnudo. Una obra de arte.

Melchian