junio 2012


Rain Town

Azul. ¿Qué nos transmite? ¿La inmensidad del océano? ¿La tranquilidad del cielo despejado? ¿La carencia de vida, la frialdad del inanimado metal? Todas estas emociones se resumen en una sola palabra. Azul.

La historia comienza sosegada, estática. La habitación se describe con todo lujo de detalles. Parece más un cuadro que un fotograma animado. El movimiento, los gestos dejan su licencia interpretativa en manos de la situación, la mera forma, el color. En este caso un verde bosque, un verde mohoso que repta por doquier. Libros apilados, juguetes y figuras en desuso, plantas selváticas y, en el medio, una figura, una anciana, estática, tanto o más que los objetos inanimados que la rodean. De repente, movimiento. Dos ojos sin cuerpo, flotantes en medio de un cilindro oxidado.

El tiempo fluye a contracorriente aunque nosotros, como espectadores, nos enteramos más tarde. El azul lo inunda todo. Las paredes de los edificios, el cielo, el suelo, los tubos y tuberías, los bancos y ladrillos. El origen de ese panorama tan desolador y triste parece ser una lluvia sin fin. El suelo esta inundado por una capa de agua. Una puerta se abre dejando escapar un colorido anaranjado, de vida.

Esa ciudad estática, deshumanizada por una continua lluvia, solo es reanimada por los pequeños e impacientes pies de una niña. Ataviada con impermeable amarillo recorre las desoladas calles intentando hacer revivir una ciudad que murió hace tiempo. En su camino vislumbra una figura que, como ella, aguanta impasible el agua que se precipita. Se acerca. En un principio parece inanimada pero la energía de la niña imbuye de vida esa figura esquelética. Juntos, asombrados, uno por ver vida en la ciudad olvidada y el otro por ser despertado de nuevo.

Esta es una historia narrada a través de las imágenes donde las palabras no tienen cabida. Es una historia de sentimientos, de emociones narradas por los colores. Es un lento viaje a través de los recuerdos, una travesía que muestra lo que el paso del tiempo depara a los objetos intemporales. Un viaje bello y melancólico.

Resumen:

Poesía pictórica. Colores que hablan, palabras que callan y una profunda historia plagada de sentimientos. Minimalista, imprescindible.

Melchian

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El cuento de Juan

Karel Zeman es uno de esos directores que no sabes a que esta jugando. Sus películas denotan componentes claramente infantiles: argumentos de cuentos de hadas, personajes demasiado estereotipados y simplistas, desarrollo pausado y relativamente corto… Pero aun así tiene un arte, una forma de hacer cine, una inventiva, un estilo visual que cautiva no solo a los más pequeños de la casa.

Considerado por unos el genio de la animación checa y por otros el Méliès del cine moderno, Zeman, se ha labrado una carrera impecable dejándonos puras obras de arte. Desde sus comienzos con cortometrajes animados en stop motion, su salto al uso de maquetas, siluetas y personas reales,  hasta sus mejores películas de animación pura y dura.

Su película más conocida quizás sea “Krabat, el aprendiz de brujo”. Penúltimo trabajo realizado en dibujo y que poseía una calidad que hacía prever lo que habría por llegar, que no era mucho.

Su última película “El cuento de Juan” revive la esencia de Krabat con un aire completamente perfeccionado. Este largometraje cuenta la historia de Juan que con la ayuda de tres enanos guardianes emprende una aventura en la que participarán dragones, ninfas, demonios, caballeros, ladrones y reyes.

El argumento sigue siendo un cuento de hadas al uso, destinado a los más pequeños de la casa. Su metraje se escapa por escasos minutos de la hora de rigor, sus personajes son simplistas y muy reducidos en número, sus voces son caricaturescas y deformadas adaptándose en demasía a la personalidad del personaje. En definitiva, únicamente falta un “Erase una vez” al principio y un “Fueron felices y comieron perdices” al final para adoptar ese formato recurrente en los cuentos infantiles.

Pero como casi toda obra de Zeman ese estilo simplista esconde increíbles maravillas que no pueden ser percibidas por el público a quien está destinada la cinta. A destacar por encima de todo el gran trabajo de animación. Los personajes se mueven por marionetas planas y maquetas coloreadas. Un ejemplo de arte laborioso y con un resultado muy sobresaliente.

El detalle de la pintura es también uno de los puntos fuertes. En Krabat se podía ver un coloreado algo simplista que se contrarrestaba con la gran caracterización de los personajes. Aquí tanto los escenarios, como cada uno de los protagonistas, luce un diseño detallista que recuerda en enorme medida a los cuadros e imágenes renacentistas transmitiendo una sensación de perfección y tranquilidad que, al igual que en Krabat, se rompe con la aparición de los “malos” de turno,  en este caso son soldados feos, con cicatrices, narices enormes, bigotes despeinados y barbas desaliñadas. Así, Zeman, crea una barrera infranqueable entre los buenos y los malos, entre los odiados y los amados.

El resultado final es una película corta pero muy bien llevada. Un pequeño trago de calidad que demuestra que Zeman es uno de los grandes en este pequeño mundillo de la animación.

Resumen:

No dejarla pasar por nada del mundo. Representa el culmen de una carrera prolífica y la perfección de una técnica trabajada durante años. Simplemente escenifica lo que debería ser una muy buena película de animación.

Melchian