The wind (Viento asesino)

Para todos aquellos que somos un tanto allegados al cine de terror conocemos, en menor o en mayor medida, ese subgénero tan prolífico como es el slasher. Su etapa dorada fue la década de los ochenta donde aparecieron cientos y cientos de títulos enmarcados dentro de esas características que tanto entusiasmaron a jóvenes desbordantes de hormonas.

Al final, como no hay mucho donde sacar, se ha quedado en lo que se ha quedado, un vestigio de lo que fue, limitándose a protagonizar películas tópicas, sin misterio, inverosímiles pero que siguen haciendo la delicia de los fans más acérrimos.

En esa década de esplendor algunos directores apostaron por fórmulas que se salían de las normas establecidas. Un claro ejemplo es esa “Pesadilla en Elm Street”  que sustituía al asesino físico por uno al que no podías acuchillar, del que no podías defenderte. Como es normal hubo otras propuestas que no llegaron a buen puerto, ya sea porque fallaban en aspectos técnicos o bien porque no llegaron a encandilar a ese joven público.

Una de esas propuestas olvidadas es “The wind” o “Viento asesino” como se estrenó en España. La historia es muy simple: Una escritora de misterio llega a un pueblo desierto para concentrarse en su propia novela. Lo que no sabe es que hay un psicópata rondando las calles.

La premisa parece ser la misma que siguen las copias de esos productos primerizos, pero bajo esa capa de tópico se esconden unas cuantas ideas originales. En primer lugar la trama deja tierras estadounidenses para situarse en un bonito pueblo griego, en una isla, rodeado de mar, con agrestes acantilados, murallas y castillos. Este paraje ofrece todo lo que le falta a las típicas localizaciones americanas. Sus calles son laberintos de piedra, sus murallas son impenetrables y la soledad es palpable. Además el espectador europeo se puede sentir muchísimo más identificado dejando atrás esas casas de madera perdidas en enormes bosques a las que tanto nos tienen acostumbrados los yanquis.

Su director saca ventaja del agreste paisaje aprovechandolo para incluir un nuevo protagonista, el viento. Está presente durante toda la película y participa notablemente en la trama, más al final que al principio. Su murmullo es constante a lo largo del todo el metraje creando en si mismo un nuevo elemento narrativo que tendrá un papel muy importante al final de la película  convirtiéndose en el elemento más original de este proyecto. Esa conjunción del viento, el polvo que sale de las murallas y de las ruinas, las calles estrechas y laberínticas y que toda la acción sucede por la noche consigue transmitir una sensación de agobio y tensión muy conseguida.

Estas son las mejores bazas de un film que fracasa en el resto de componentes. La actriz principal, una no tan joven Meg Foster, saca de quicio al espectador varias veces durante el transcurso del metraje. Su irritante costumbre de hablar sola es inaguantable además de forzada. El psicópata es creíble hasta cierto punto quedando sus motivaciones en el olvido. Esto hace que la película se convierta pronto en un juego del ratón y del gato. Las persecuciones son interminables y muy repetitivas, tanto que llegan a aburrir en demasía de cara a los últimos minutos finales. Esto sumado a que el pueblo esta desierto y que no hay mucha gente que matar hace de la hora y media que dura la película un trago bastante difícil de tragar.

Resumen:

Película que intenta introducir ciertos cambios originales en el estereotipo clásico del slasher. Lo consigue, pero hace aguas por otras muchas partes. La historia, las interpretaciones y el ritmo son algunas de ellas. Atención al final, lo mejor de la película junto con la ambientación.

Melchian

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