Caltiki, el monstruo inmortal

Había una vez una época en la que con un paño viejo, pintura y un poco de jabón podías crear un monstruo baboso y terrorífico. Lo bueno es que no solo te lo parecía a ti, sino que una productora podía llegar a filmar una película entera sobre él. Sí señores, estamos hablando de las magníficas décadas de los 50 y 60, un caldo de cultivo perfecto para toda clase de rarezas fílmicas de ciencia ficción, terror y fantasía.

Como siempre EE.UU se llevaba la palma sacando al mercado cualquier cosa y es que tenían, ni más ni menos, que a Roger Corman en sus filas. Pero si había un país que le iba a la zaga ese era Italia, el país de las exploitations, de los plagios internacionales, el de Lucio Fulci y Argento y el de numerosos proyectos que solo un grupo de frikis locos sacarían adelante.

Este es el caso de “Caltiki, el monstruo inmortal”, una película que basa todo el peso argumental en una especie de babosa de millones de años de antigüedad con residencia en América del Sur. Curiosamente un año antes se estrenaba “The blob”, una película que comparte monstruo con esta producción solo que con más presupuesto, técnica y arte.

Lo más divertido de estos proyectos es “el por qué” del bicho de turno. Si os fijáis siempre se repiten los mismos patrones: radiación, más radiación y radiación. De hecho en toda aquella película en la que en su primera media hora de metraje no aparezca un contador Geiger no se considera a la altura. En el film que tenemos entre manos la creación del monstruo de marras se la atribuye la radiación desprendida de un cometa, la cual afectó a una única ameba en la era prehistórica. Esa ameba creció y creció (sin necesidad de espinacas) hasta convertirse en una única célula del tamaño de un elefante.

El problema viene cuando la casa-volcán de la ameba monstruosa es invadida por ávidos arqueólogos italianos. Claro está, se enfada, se come a unos cuantos y a otro le infecta con no sé que sustancia para que se vuelva completamente loco. Y la trama está servida.

Como en la mayoría de casos las actuaciones dan vergüenza ajena, el nivel de machismo alcanza cotas astronómicas y los efectos especiales son de pretecnología. A pesar de ello… no, no hay un a pesar de ello. En conjunto la película es mala, malísima.

El monstruito esta hecho a partir de unos paños negros con jabón y espuma. El tipo de los efectos especiales mete su mano debajo de ellos y los mueve mientras el técnico de sonido pone algo tal que: slurp, slurp, slurp… Esto hace que la mujer de turno, con falda sobaquera y pelo de cartón piedra, grite hasta que se le salgan las amígdalas, venga el héroe engominado, diga su frase fantasmada y venza al monstruo con la consiguiente caída de bragas de la mujer en apuros. La escena termina con un escaso beso sin lengua, de esos en los que parece que los actores se enrollen como un twister y la frase “The end” asoma en la pantalla.

El espectador se queda con una cara de vergüenza ajena totalmente comprensible mientras intenta unir todos los cabos sueltos, que no son pocos, y busca, sin ningún tipo de éxito, un sentido a esa hora y poco de vida perdida.

Pero bueno, siempre habrá algún sufridor experto a quien le guste este tipo de películas y las disfrute de cabo a rabo, como yo.

Resumen:

Fantasmada italiana que atenta contra la lógica, la técnica y sentido común del buen cine. Una delicia para anticuarios y espectadores del cine más casposo. Terminantemente prohibida para personas al uso.

Melchian

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