Animación


¿La mejor película de Batman?

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A cualquier persona que le hagas la pregunta que menciona el título de la entrada tardaría dos milésimas de segundo en responder, casi de forma automática, o bien “El caballero oscuro” de Nolan o “Batman” de Burton. Es cierto que puede haber opiniones que varían y recorran la filmografía del caballero oscuro por completo pasando por “Batman begins”, “Batman returns” e incluso por la dilogía de Schumacher (hay gustos para todo). Lo que muy pocas personas incluirán en este debate es la gran colección de películas animadas existentes protagonizadas por este oscuro personaje.

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Batman en su máximo esplendor

El conocimiento del Batman animado se concentra en la serie de los 90 o en alguna de sus recientes conversiones, como las dos partes de “El regreso del caballero oscuro”, muy recomendables todas. Pero, es una producción de 1993 que pasa desapercibida para la gran mayoría de las personas. “Batman: La máscara del fantasma” es un película que se mueve dentro del mismo universo que la serie animada de Batman de los 90 salvo contando con un presupuesto mucho mayor que hizo que se estrenara en los cines de la época.

La trama nos cuenta la historia de un misterioso personaje (el fantasma) que asesina uno a uno a los mayores criminales mafiosos de Gotham y, debido a su indumentaria, es confundido con el murciélago. Esta primera historia va ramificándose y desarrollando diferentes acontecimientos que nos embarcan en un viaje en el que descubriremos más sobre Bruce Wayne, su psicología y motivación que en todas las películas que ha encarnado este personaje.

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El no Batman

El punto fuerte de esta producción es la ambientación gótica que tan bien supo plasmar Burton en su primera película y que se ha ido perdiendo en la saga de Nolan. La animación, como he explicado en más de una ocasión en este blog, es una increíble herramienta que permite crear mundos que serían imposibles en otro tipo de películas. Los juegos de luces y sombras que nos presentan en este largometraje beben directamente de la serie animada original y los elevan a cotas que rozan casi la perfección.

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Este ambiente creado por el dibujado a mano de los escenarios y personajes lo culmina una banda sonora muy buena y un doblaje increíble en el que se incluye, con permiso de Nicholson y Ledger, el mejor Joker de la historia, ni más ni menos que Mark Hamill. Tras colgar el sable de luz con el fin de la primera trilogía de Star Wars, la carrera de Hamill se ha centrado en el doblaje de diversos personajes animados entre los que se encuentra este Joker que borda de manera magistral. Tal es el aprecio de este doblaje que la Warner y DC lo han incluido en la siguiente película de animación “La broma asesina” que tanta expectación ha causado.

Todo esto crea una ambientación genuina que se diferencia de la falta de ambiente gótico de las películas de Nolan y el casi ortopédico dinamismo de Batman en las de Burton añadiendo un estilo Neo-noir, que ya existía en la serie animada, haciendo casi imposible el no imbuirte en el mundo oscuro de Gotham.

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La elección del heroe

El pináculo de esta obra lo culmina las escenas finales en las que uno de los últimos mafiosos acude al Joker para que le proteja de Batman, aunque en realidad lo está persiguiendo el fantasma, comenzando una de las escenas que se me ha quedado grabada en la memoria desde que la vi con seis años. Esta etapa final se desarrolla en un parque de atracciones en el que tiene asentada su guarida el Joker y en el que Bruce Wayne conoció a su amor, que casí hizo que tirara la capucha de Batman. La lucha con el Joker aúna unas cotas de acción bastante potentes, notas cómicas con un Joker que se sale del gráfico y un drama romántico de trasfondo que le da un final épico a la película.

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El comienzo de la locura

Tras lo dicho no puedo afirmar que “Batman: La máscara del fantasma” sea la mejor película del caballero oscuro hasta la fecha debido a los grandes competidores que presenta, pero sí que tiene el derecho a estar entre las más grandes.

Resumen:

Una película magistral que recoge lo mejor de la serie animada de los 90 y lo perfecciona con una ambientación impresionante y unos actores de doblaje de lujo que hace que no tenga que envidiar nada a las producciones de Nolan y Burton. Verla en V.o.

Melchian

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Song of the sea

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La animación es un género cinematográfico que se presta a un mayor moldeamiento por parte del director que cualquier otro. Es verdad que en todas las películas de Hitchcock podemos ver las huellas y rasgos que lo caracterizan, así como siempre podremos distinguir un trabajo de Lynch o de Kubrick frente a otros más comunes o genéricos. Pero lo que es indiscutible es la ductilidad de los trazos presentes en las películas animadas y como los grandes artistas hacen uso de esta maleabilidad. Eso es lo que más admiro de este género y eso es lo que me empuja a escarbar entre pilas y pilas de series y películas animadas con trazos genéricos, sin el ímpetu necesario para hacer algo distinto, hasta que florecen cosas como estas. Directores como Plympton, Bass o Bakshi crean obras de arte en movimiento y, de vez en cuando, otros directores se les unen.

Entre la animación europea más moderna se ha autoimpuesto un nombre que ha demostrado su valía en su primer largometraje y la ha consolidado con su último trabajo. Tomm Moore nos presentó hace escasos dos años “Song of the sea”, un largometraje preciosista que hace uso de diversas técnicas de animación para traer a la vida una historia del folclore irlandés. La trama se centra en los tejemanejes que se lleva una familia rural aislada del mundo cuando el destino los obliga a mudarse a la ciudad.

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La historia que se desarrolla tiene numerosos paralelismos con otras grandes películas del género. Miyazaki se puede ver por muchas escenas. Esa obsesión del director japonés por “esperpentizar” las figuras humanas, sobre todo las que asumen un rol maligno (“El Viaje de Chihiro”, “El castillo ambulante”…), se puede apreciar claramente en el enemigo mitológico que se representa en este trabajo. También, la facilidad que muestra este director por la adaptación de elementos del folclore japonés en largometrajes de índole familiar, de fácil digestión y con un componente de inmersión espectacular encuentra su símil con la facilidad con la que Moore nos introduce en ese mundo lleno de gnomos, hadas, trolls y otras criaturas mitológicas. Es indiscutible la similitud existente entre películas como “Ponyo en el acantilado” o “Mi vecino Totoro” y el trabajo que nos atañe y no es de extrañar que estas últimas hayan sido una fuente de inspiración notable en el desarrollo de la trama de la película.

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Pero, sinceramente, por mucho que la historia sea el motor de la película no es lo que me obligó a estar la hora y media que dura la misma delante del televisor.

La trama de este largometraje es un mero vehículo que transporta la inigualable ambientación “celta” en la que se apoya la totalidad del trabajo. Se podría decir que existen dos películas totalmente diferentes, la primera parte en la que los protagonistas desarrollan su vida en la ciudad y la segunda parte donde se desata la magia que se esconde detrás de la leyenda irlandesa. Son en estos últimos tres cuartos de hora cuando la excelencia de Moore con la animación brilla en su máximo esplendor. Y es que no basta con saber hacer las cosas bien, hace falta transmitir, hace falta imbuir al espectador en el mundo que creas, y esta película lo consigue.

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Los trazos redondeados de este animador, a los que ya nos acostumbró en su primer largometraje (“El secreto del libro de Kells”), se mezclan con runas celtas grabadas en cualquier superficie, brillos hipnóticos y geométricos que inundan el aire, escenografías sacadas de libros infantiles que cobran vida imbuidas por la magia del director, estatuas y elementos decorativos que automáticamente agregas al paisaje sin fijarte en ellos pero que en realidad llevan un carga inmersiva enorme. En definitiva, un compendio de imágenes que sacarán a ese pequeño ser infantil que llevamos dentro. Lo que menos me gusta de estas películas es lo mal que se explican sus virtudes mediante palabras, por ello, os insto a que le echéis un ojo y os zambulláis de lleno en ese mundo de fantasía folclórica preciosista del que nunca querréis salir.

Resumen:

Una maravilla de lo animado. Preparate para viajer y sumergirte en un mundo rico y preciosista.

Melchian

Habfürdö (Foam bath)

La animación es un género ampliamente explotado en el pasado y que esta resurgiendo de la mano de las últimas aplicaciones tecnológicas a la industria del cine. Uno de los países que más está participando en este remonte del mundo animado es Hungría. Históricamente vienen a la mente nombres como el de  Marcell Jankovics, director de varios largos, cortos y un par de series animadas, la mayor parte producidas por el gobierno húngaro. Pero hay que remontarse a 1980 para conocer la obra magna de un director invisible, György Kovásznai.

Habfürdö”, “Foam bath” o “Espuma de baño” son las formas con las que se conoce esta película. Relata la historia de un hombre que, ante su inminente boda, decide escapar presa del terror y las dudas. Este puede ser un argumento engañoso, ya que la verdadera protagonista del largometraje es una mujer joven, culta que se verá implicada en la trama.

Habfürdö” reúne ochenta minutos de animación surrealista, experimental, donde las formas, contornos y colores no son estáticos sino que varían con cada movimiento de la cámara, con los sentimientos de los personajes, con la tensión del momento, otorgando una vibración, un contoneo continuo durante toda la película que hace que se convierta en una especie de baile infinito.

Este dibujo tan surrealista parece adelantado a su época, e incluso, en la década actual sería difícil encontrar una obra semejante. Los colores son apagados en la mayor parte del film centrándose en los ocres, blancos, grises, lilas y verdes dejando para los momentos más intensos las tonalidades brillantes con azules eléctricos, efectos de niebla multicolor o desdoblamientos de la imagen. En conjunto crea una sensación efectista, extraña y en algunos casos cautivadora.

Y es que el trabajo experimental de György Kovásznai no se limita únicamente al uso de colores y el trastoque de la realidad sino que en este mismo largometraje podemos encontrar varias técnicas de animación como el coloreado y el collage, o las trasparencias y el perfilado, todo ello mezclado con canciones que dotan a la película del título de musical experimental.

Con todas estas maravillas visuales el espectador tiene que hacer un acopio enorme de concentración para intentar seguir el hilo principal de la historia, el cual se paraliza, desdobla y desaparece en los momentos más inesperados. El argumento puede recordar a esas películas “de lios” de los años 50 y 60 protagonizadas por Jack Lemmon, Katharine Hepburn o Cary Grant, donde un pobre y sencillo personaje se ve envuelto en una trama ajena. De esta forma se presentan situaciones y escenas cómicas inspiradas en “El apartamento” o en la famosa escena de la habitación de hotel de la primera “Pantera rosa”.

En cuanto a los personajes destacar especialmente a la novia come-hombres que tratará por todos los medios de recuperar a ese marido asustado que se esconde de ella y a la joven amiga de la novia, la protagonista real de la historia, que se verá incluida en esa espiral de sentimientos encontrados, miedo, dudas y, sobre todo, una lucha contra la ética o moral plastificada y artificial de la sociedad de la época.

Resumen:

Increíble orgasmo visual claro representante del cine más experimental. Una película donde la trama no es la protagonista dejando a los colores, las formas y los movimientos como verdaderos narradores.

Melchian

Ciclo cine friki: Gyo, Tokyo fish attack

 

El género de la animación japonesa es amplio, vasto y un tanto extraño. Desde las comedias románticas; donde ves mas bragas que en un catalogo de Woman secret; hasta los seriales de samuráis, demonios y espadas; donde los capítulos no cuentan nada y sueñan con hacer la serie de los mil episodios; puedes encontrar  cualquier tipo de historias, incluso las más descabelladas.

Dentro de lo más absurdo y surrealista del mundo Nipón podía destacar “Mind game”, una especie de adaptación mafiosa de “Pinocho” con líneas temblorosas y colores psicodélicos, o con “Bobobo” una serie carente de cualquier tipo de argumento meramente razonable.  Pero ninguno de estos ejemplos ni otros que pudiera conocer me habrían podido preparar para lo que me deparaba “Gyo: Tokyo fish attack”.

Gyo” es una mezcolanza de tópicos japoneses modernos: esta la tía guarrona que enseña culo y tetas, la lista y la otaku, escenas de enajenación transitoria, moralinas de cuento infantil, monólogos sin destinatario e incluso científicos locos. A todo esto se le añade cierto toque de  película de terror de animales asesinos, un poco de suspense de la segunda guerra mundial y tienes un producto friki que hará las delicias de una pequeña minoría y provocará la vergüenza ajena, el vómito y la repugnancia más escandalosa del resto.

Y es que la película empieza normalilla (dentro de lo que cabe). Unos peces un tanto malolientes y con patas de metal cual insecto invaden la costa molestando a un trio de amigas un tanto aburridas. Aquí es cuando empiezas a fijarte en cada una de las deficiencias que presenta el film; desde un guión horrible e infantil hasta un dibujo simple, descuidado y muy escueto.

Cuando la trama empieza a coger carrerilla y descubres que Tokyo esta siendo invadida por tiburones gigantes con patas metálicas, entre otros pescutes más, comienzas a darte cuenta de lo que estas viendo. Ahí va la primicia. Los peces están mutando controlados por una bacteria que al inocularse en un ser vivo hace que este comience a producir un gas a apestoso que, como repiten en la película un millón de veces, se parece al de un cadáver en putrefacción.

Si la cosa no estaba lo suficientemente movida lo estará cuando te des cuenta de que esa bacteria infecta a los humanos haciendo que todos parezcan clones verdes, hinchados y con un problema de gases preocupante. Dicho gas es utilizado por los “afectados” para mover por presión las patitas metálicas de marras. Ahora bien, si esto no os traumatiza de por vida esperar a ver un ejercito de obesos verdes en camillas “arácnidas” y sodomizados con tubos mientras marchan emitiendo sonidos guturales.

Y como una imagen vale más que mil palabras…

Aquí tenemos a una mutante expulsando ese maravilloso y putrefacto gas…

Un mutante al detalle. Decir que esos mismos tubos los tiene también en el culo… toda una delicia.

Y hala mutantes, toma ejercito verde y apestoso… ni que los regalaran con el periodico oigan.

Resumen:

Frikeza un tanto asquerosa y repugnante en el sentido más completo de la palabra. No se salva ni el guion ni el dibujo ni, por supuesto, la historia.

Melchian

Rain Town

Azul. ¿Qué nos transmite? ¿La inmensidad del océano? ¿La tranquilidad del cielo despejado? ¿La carencia de vida, la frialdad del inanimado metal? Todas estas emociones se resumen en una sola palabra. Azul.

La historia comienza sosegada, estática. La habitación se describe con todo lujo de detalles. Parece más un cuadro que un fotograma animado. El movimiento, los gestos dejan su licencia interpretativa en manos de la situación, la mera forma, el color. En este caso un verde bosque, un verde mohoso que repta por doquier. Libros apilados, juguetes y figuras en desuso, plantas selváticas y, en el medio, una figura, una anciana, estática, tanto o más que los objetos inanimados que la rodean. De repente, movimiento. Dos ojos sin cuerpo, flotantes en medio de un cilindro oxidado.

El tiempo fluye a contracorriente aunque nosotros, como espectadores, nos enteramos más tarde. El azul lo inunda todo. Las paredes de los edificios, el cielo, el suelo, los tubos y tuberías, los bancos y ladrillos. El origen de ese panorama tan desolador y triste parece ser una lluvia sin fin. El suelo esta inundado por una capa de agua. Una puerta se abre dejando escapar un colorido anaranjado, de vida.

Esa ciudad estática, deshumanizada por una continua lluvia, solo es reanimada por los pequeños e impacientes pies de una niña. Ataviada con impermeable amarillo recorre las desoladas calles intentando hacer revivir una ciudad que murió hace tiempo. En su camino vislumbra una figura que, como ella, aguanta impasible el agua que se precipita. Se acerca. En un principio parece inanimada pero la energía de la niña imbuye de vida esa figura esquelética. Juntos, asombrados, uno por ver vida en la ciudad olvidada y el otro por ser despertado de nuevo.

Esta es una historia narrada a través de las imágenes donde las palabras no tienen cabida. Es una historia de sentimientos, de emociones narradas por los colores. Es un lento viaje a través de los recuerdos, una travesía que muestra lo que el paso del tiempo depara a los objetos intemporales. Un viaje bello y melancólico.

Resumen:

Poesía pictórica. Colores que hablan, palabras que callan y una profunda historia plagada de sentimientos. Minimalista, imprescindible.

Melchian

El cuento de Juan

Karel Zeman es uno de esos directores que no sabes a que esta jugando. Sus películas denotan componentes claramente infantiles: argumentos de cuentos de hadas, personajes demasiado estereotipados y simplistas, desarrollo pausado y relativamente corto… Pero aun así tiene un arte, una forma de hacer cine, una inventiva, un estilo visual que cautiva no solo a los más pequeños de la casa.

Considerado por unos el genio de la animación checa y por otros el Méliès del cine moderno, Zeman, se ha labrado una carrera impecable dejándonos puras obras de arte. Desde sus comienzos con cortometrajes animados en stop motion, su salto al uso de maquetas, siluetas y personas reales,  hasta sus mejores películas de animación pura y dura.

Su película más conocida quizás sea “Krabat, el aprendiz de brujo”. Penúltimo trabajo realizado en dibujo y que poseía una calidad que hacía prever lo que habría por llegar, que no era mucho.

Su última película “El cuento de Juan” revive la esencia de Krabat con un aire completamente perfeccionado. Este largometraje cuenta la historia de Juan que con la ayuda de tres enanos guardianes emprende una aventura en la que participarán dragones, ninfas, demonios, caballeros, ladrones y reyes.

El argumento sigue siendo un cuento de hadas al uso, destinado a los más pequeños de la casa. Su metraje se escapa por escasos minutos de la hora de rigor, sus personajes son simplistas y muy reducidos en número, sus voces son caricaturescas y deformadas adaptándose en demasía a la personalidad del personaje. En definitiva, únicamente falta un “Erase una vez” al principio y un “Fueron felices y comieron perdices” al final para adoptar ese formato recurrente en los cuentos infantiles.

Pero como casi toda obra de Zeman ese estilo simplista esconde increíbles maravillas que no pueden ser percibidas por el público a quien está destinada la cinta. A destacar por encima de todo el gran trabajo de animación. Los personajes se mueven por marionetas planas y maquetas coloreadas. Un ejemplo de arte laborioso y con un resultado muy sobresaliente.

El detalle de la pintura es también uno de los puntos fuertes. En Krabat se podía ver un coloreado algo simplista que se contrarrestaba con la gran caracterización de los personajes. Aquí tanto los escenarios, como cada uno de los protagonistas, luce un diseño detallista que recuerda en enorme medida a los cuadros e imágenes renacentistas transmitiendo una sensación de perfección y tranquilidad que, al igual que en Krabat, se rompe con la aparición de los “malos” de turno,  en este caso son soldados feos, con cicatrices, narices enormes, bigotes despeinados y barbas desaliñadas. Así, Zeman, crea una barrera infranqueable entre los buenos y los malos, entre los odiados y los amados.

El resultado final es una película corta pero muy bien llevada. Un pequeño trago de calidad que demuestra que Zeman es uno de los grandes en este pequeño mundillo de la animación.

Resumen:

No dejarla pasar por nada del mundo. Representa el culmen de una carrera prolífica y la perfección de una técnica trabajada durante años. Simplemente escenifica lo que debería ser una muy buena película de animación.

Melchian

Mind game

Lo reconozco, tengo un problema con el anime. La aversión que le proceso proviene seguramente de la gran cantidad de estereotipos que mezclan en casi todas sus historias, siempre las mismas caras, los mismos trazos, las mismas voces… y así sucesivamente hasta formar una lista enorme de señas repetitivas. Esto se une al claro machismo que  desprenden la mayoría de series y películas (más en las primeras), una velocidad de la trama pasmosa y una innovación casi nula. En definitiva, no se me hace nada atractivo perder varios días de mi vida en ver una de sus interminables series.

Esto, como todo, tiene sus excepciones. Existen dibujantes de anime que suelen sacar una o dos obras independientes, con carácter personal y que se alejan de las características tan marcadas de sus semejantes. Un ejemplo notable es el “Estudio Ghibli” que me ha enamorado con la mayor parte de las películas que Hayao Miyazaki ha dibujado y dirigido, sumando en últimas instancias a Hiromasa Yonebayashi, encargado de la última película de la empresa. El resto de trabajos que cuentan con mi devoción no vienen al caso pero si el que cierra la lista.

Mind game” es un largometraje de algo más de hora y media con un argumento difícil de explicar. No es por qué no exista o sea rebuscado o incluso se deje ver más bien poco a lo largo de todo el metraje, simplemente es porque la película te ofrece millones de cosas más en las que fijarte que la insignificante y muy bien llevada trama.

La película empieza con una serie de imágenes desordenadas a las que encuentras un sentido parcial, estas son seguidas por el título y podríamos decir que a partir de aquí empieza la película en sí. Nos presentan a un chico, frustrado dibujante de mangas, que se encuentra con su amor del instituto. Hasta aquí todo normal. Esta le invita a tomar algo a su propio restaurante y es allí donde la cosa se sale de madre. Triadas, muertes, sangre, dioses, ballenas y muchos disparates.

La película es una conjunción de numerosas técnicas de animación, el dibujo clásico, el stop motion, modificación de imágenes reales, grabados, blanco y negro… un enorme alarde de expresionismo plástico. Todo esto es acompañado por varios toques visuales que se repiten a lo largo del metraje: tenemos zonas muy oscuras, con grises, verdes y azules, escenas con tintes muy cálidos donde predominan los anaranjados, rojos y amarillos, otras muy coloristas donde tonos básicos y simples pero todos muy intensos se mezclan formando una escena surrealista e impresionante.

Los estereotipos mencionados anteriormente lejos de suprimirse se ensalzan intensamente transformando lo típico en algo raro y, en cierta manera, innovador. Las expresiones  “made in Japon” se tornan esperpénticas dotando a sus personajes de un contorno que se escapa al usualmente utilizado en el resto de trabajos del país nipón.

Todo esto hace que la película te atraiga y produzca un ensimismamiento tal que te abstrae de la realidad. Esto no decae hacia el final del metraje, su desenlace sobrepasa por completo las expectativas de cualquier espectador dejando el listón demasiado alto para que otra película del género mejore el resultado.

En conjunto nos queda un largometraje raro, divertido, con mucha impronta visual, con una historia surrealista de toque muy metafórico de la cual se desprenden conclusiones y moralejas para todos los gustos.

Resumen:

Película surrealista y experimental que mezcla la comedia con medias tintas de tragedia todo con una base de animación que se antoja increíble y aderezado con un humor sutil pero muy expresivo.

Melchian

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