Intriga-thriller


The innocents

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En un género donde de las películas expresionistas, artísticas, poéticas del cine mudo como “El golem”, “Vampyr” o “El gabinete del doctor Caligari”, se había pasado al comienzo del cine palomitero, a las películas que minimizaban presupuesto, a los trabajos para fans, a las franquicias interminables. Y es que el nacimiento de “Hammer films” y su directa competidora “The universal” transformaron lo que antes había sido el culmen de la unión cine/arte en lo que se conoce ahora como cine de franquicia.

Durante las décadas de los 50 y 60’s nacieron cientos de películas enmarcadas en el género de terror que no aportaban nada nuevo, seguían explotando el monstruo de Frankenstein con la cara de Boris Karloff en la retina de los espectadores, o a la momia, o a Drácula. Pero dentro de esa maraña de cine un tanto acartonado siempre hay alguna película que da el salto.

The innocents”, o como se conoce en España “Suspense”, crea un punto y aparte en el género del terror presentando una historia de fantasmas y casas encantadas que, con un excelente uso de la sugestión, crea una atmósfera de tensión terrorífica sin hacer uso de monstruos, efectos especiales ni violencia de ningún tipo.

La película vería la luz en 1961 contándonos la historia de Miss Giddens, una puritana institutriz que es contratada para suplir la carencia de padres de una pareja de niños abandonados en una lejana mansión en el campo. Allí se encontrará con dos pequeños generosos, amables, encantadores pero pequeños detalles hacen que sus sospechas cobren fundamento.

The innocents” es una historia de fantasmas nada al uso. No hay cuerpos etéreos ni objetos voladores, las puertas no se abren solas ni aparecen esqueletos danzantes. Se podría decir que se encuentra enmarcada en un género más adulto, más serio.

La atmósfera creada por el film es gradual, pasando del blanco inmaculado al principio de la película, con los niños jugando, las flores y la preciosista mansión a un terror oprimido, una persecución incesante, una tensión inquebrantable. Son pequeños detalles los que van dibujando esas sensaciones, planos extraños, esculturas que parecen vivas, corredores interminables, escenas estáticas… un sinfín de minúsculos gestos que crean una atmósfera pesada.

La fotografía en blanco y negro ayuda enormemente al desarrollo de la parte final de la película que transcurre enteramente por la noche y, sobretodo, de las escenas de más tensión creadas por el comportamiento de los niños. Y es que, a parte del gran ambiente que logra crear, de las inmejorables actuaciones, de la impagable fotografía son estos dos pequeños protagonistas los que levantan la película a cotas muy altas. Su actuación es perfecta, la conjunción de esa alma infantil, con sus juegos y canciones, a las miradas y comportamientos adultos que muestran aisladamente a lo largo del metraje es totalmente aterrador.

Esto último sumado a la pareja fantasmal que se deja de florituras de humo y efectos etéreos para aparecer como figuras de carne y hueso que dibujan sombras y protagonizan planos increíblemente largos crean una sensación de terror sugestivo que se auto alimenta. Así se dibujan algunas de las mejores escenas del metraje como la del lago, la de la ventana  y, sobretodo, la escena final. Impagables.

Resumen:

Baluarte del cine de terror minimalista que crea una atmosfera de tensión inigualable y rescata ese cine de sugestión, ese cine artístico, que se deja de florituras para encerrar al espectador en una espiral de tensión.

Melchian

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Saga House on haunted hill

Muchos de los grandes clásicos de Hollywood han sido objeto de revisiones con un éxito más o menos importante. En los últimos años, caracterizados por un deje y un decaimiento importante de la industria cinematográfica, Hollywood ha desempolvado los éxitos del pasado para volver a exponerlos en la pantalla grande. Desde hace cinco años han ido saltado a la palestra del cine importantes y exitosos clásicos, la mayoría enmarcadas dentro del terror, la ciencia ficción o la fantasía. “Pesadilla en Elm Street”, “Viernes 13”, “Halloween”, “Furia de titanes”,  incluso “Evil dead”, en un futuro próximo, engordan la lista. “Alien”, “Predators”, “Tron”, “Hellraiser”, en cambio,  han visto ensanchada su vida por cuestionables secuelas.

Seguro que nadie desconoce las películas que acabo de nombrar. Usualmente se suelen dejar en el tintero producciones que no gozan de la popularidad del cine comercial. Casi a principios del nuevo milenio dos películas hicieron su estreno en las salas, “13 fantasmas” y “House on haunted hill”, en el 2001 y 1999 respectivamente. Ambas son remakes de sus correspondientes versiones del 1960 y 1959. Dejando a un lado la olvidable versión sesentera de los fantasmas nos centraremos en la saga de la casa encantada.

The house on haunted hill” encierra una historia original para la época. Enmarcada dentro del subgénero de las casas encantadas y protagonizada por un excelente Vincent Price relata la historia de siete individuos que intentan sobrevivir una noche en una supuesta casa encantada. El objetivo, conseguir los 10.000 dólares de premio ofrecidos por un rico hombre de negocios. Con esta premisa se desarrolla una película plagada de escenas un tanto perturbadoras que se diluyen conforme avanza el tiempo para dejar paso a un simple film de suspense.

Es irremediable no hacer comparaciones con su versión moderna. La producción  rodada en 1999 me parece uno de los pocos casos en los que el recurso del “remake” dio sus frutos, en cierta manera.

Esta revisión conserva las premisas que hicieron triunfar a su predecesora, incluso su protagonista conserva un gran parecido con Price. La historia es prácticamente la misma. Un rico magnate invita a siete personas a la casa y les promete una cuantiosa recompensa si consiguen sobrevivir a la noche. Ahora bien, añade ciertos cambios en la trama para adaptar la historia a la época actual, donde unos pocos esqueletos manejados por hilos ya no asustan a los cinéfilos.

En ambas obras la casa se dibuja como un bastión inexpugnable, recubierto de placas de hormigón, con ventanas selladas y puertas metálicas. Esto hace que la sensación de claustrofobia, mucho mayor en el remake que en el original, te acompañe durante toda la proyección. En 1959, donde las casas encantadas quitaban el sueño, supieron dibujar una muy acertada aura fantasmagórica con asesinatos sin resolver, cabezas que nunca aparecieron, cubas de ácido y pasadizos secretos. En la versión del 99 esa aura se queda obsoleta, mantienen los fantasmas pero cambian la casa por un psiquiátrico dirigido por un loco enfermizo. Los espíritus de los asesinos en una y los fantasmas de locos, perturbados y doctores malignos en otra.

Con esa diferencia y, transcurrida la media hora de metraje todas las similitudes entre ambas películas va diluyéndose hasta desaparecer por completo. “La casa de los horrores” como se título en España a la versión del 59, se transforma en un thriller de suspense con final un tanto descafeinado. La historia deja de lado a los fantasmas y pasa a centrarse en los desamores vengativos del matrimonio anfitrión. Mentiras, asesinatos, celos y mucho dinero hacen que Price y su esposa comiencen un toma y daca que “desencanta” la trama, expulsando cualquier vestigio sobrenatural.

En cambio, en la versión moderna, la historia se encamina hacia el lado opuesto. El doctor maligno y sus oprimidos y torturados pacientes cobran un protagonismo casi completo. Se mantiene, por supuesto, la trama subyacente de infidelidades y competición violenta entre el acaudalado matrimonio pero con escenas anecdóticas.

Así, el ramake se desmarca de su predecesor incurriendo en el tópico de las películas de terror actual, siluetas entrecortadas, fantasmas deformados, gore comedido, flashbacks y malos hijoputescos. Todo ello para concluir con un final predecible que echa por tierra la buena ambientación.

De forma general y, centrándonos en los sentimiento de terror o, por lo menos, con ese toque espeluznante, nos encontramos con dos obras totalmente explotables. El aura de decadencia y muerte transmitida por el remake, con esas habitaciones enormes, de aire gótico, que parecen estar sacadas de “Drácula” de Stoker, contrasta en enorme medida con la casa estilo victoriana, recargada, pomposa del clásico. Los fantasmas de una y otra película producen algún que otro respingo pero, es aquí donde la versión del 59 realiza un trabajo encomiable. En la primera media hora de metraje, donde la trama se basa en el aspecto sobrenatural, se crean atmosferas muy conseguidas con caracterizaciones bastante perturbadoras. La cuba de ácido, el ahorcamiento, la aparición que se desliza… un conjunto de efectos clásicos a los que el blanco y negro les hace un gran favor. En ese aspecto, el remake, no puede competir, basando su toque aterrador en la parafernalia virtual que se utiliza hoy en día. Irreal y exasperante.

Las actuaciones son pasables en ambos casos, influidas de manera desmedida por la corriente de la época a la que pertenecen. Vincent Price resalta en el clásico, desenvolviéndose como pez en el agua en este tipo de producciones. En la versión de 1999 es remarcable la aparición de un clásico entre los clásicos, Jeffrey Combs, que encarna al doctor.

Ocho años después, el remake vería aparecer una secuela casi olvidable. Las actuaciones van a peor, la trama decae completamente y el estilo televisivo se remarca de forma notoria. Permitámonos relegarla al vacío olvidado donde los amantes del cine de terror dejamos esas producciones sin sentido para que no enturbie sus dos predecesoras.

Resumen:

Saga de películas remarcable que, sin llegar a ser fantásticas por separado se complementan perfectamente una con otra, ofreciendo y negando una lo que encuentras en la otra.

Melchian

Arma fatal

El título de “Arma fatal” evoca películas de tipo muy definido, de sábado por la tarde, tele films de tiros y explosiones en los que el musculitos de turno se marca un par de volteretas y puñetazos mientras salva a su chica y a EEUU de una hecatombe nuclear. La cosa cambia cuando advertimos el nombre del director y de los personajes principales, Edgar Wright, Simon Pegg y Nick Frost, participes en conjunto de “Zombies party” una de las mejores comedias de este milenio. El título que nos atañe describe una estela menos caricaturesca que su predecesora pero tratando de igual forma un tópico desgastado del cine actual.

El argumento nos presenta a Nicholas Angel, un superpolicia londinense de película, hace piruetas, atrapa a los malos y mantiene a raya (él solito) a todo criminal que se atreva a pasear por las lluviosas calles de la capital inglesa. Debido a su gran eficiencia es trasladado a un pequeño pueblo donde nada es lo que parece.

La película tarda en arrancar acumulando toda la acción para la media hora final de metraje. El resto conforma una sucesión de chistes sencillos posibles culpables de una media sonrisa o de la carcajada más sonora. Los personajes te hacen adentrarte poco a poco en ese pequeño pueblo de vecinos cotillas, policías paletos y buenas intenciones hasta que al final todo se vuelve del revés mientras Edgar Wright deja salir toda la anarquía, todo hecho absurdo e incomprensible que se le ocurre para transformar lo que sería una película cómica del montón en un gran ejercicio de crítica y situaciones esperpénticas e hilarantes que hacen brillar a su trabajo con una luz propia.

Hablando en términos generales la película se situaría en un punto intermedio entre “Zombies party” y su reciente “Scott Pilgrim contra el mundo” donde se pueden ver numerosos movimientos de cámara, planos y conjuntos que ya utiliza en “Arma fatal”. Si lugar a dudas la guinda la ponen Pegg y Frost, demostrando una vez más la excelente química que puede llegar a crear. Pegg está increíble sobre todo por el cambio de papel que se puede apreciar tanto en el transcurso de la película como desde “Zombies party” hasta aquí. Pasando de un tipo despistado, del montón, sin personalidad a un policía estricto, serio, sin vida social. Un aporte de calidad al conjunto final de la película.

Resumen:

Quizás no te rías tanto como en “Zombies party” pero seguro que la sensación final es la misma, satisfacción por haber visto una película bien llevada, cómica sin forzarlo y diferente. El humor inglés aderezado con el estilo comic más esperpéntico.

Melchian

Twin Peaks

En el año 1990 se sienta un precedente en el mundo de las series de la mano de uno de los grandes del cine, David Lynch. Este hito que sorprenderá al mundo entero tomó forma de thriller surrealista y portaba el nombre de “Twin Peaks”.

¿A quién no le suena ese sugerente nombre? Una de las primeras series policiacas que enganchó de una manera increíble al público, y es que no es una serie de crímenes al uso. “Twin Peaks” es una historia sorprendente, surrealista, sobrecogedora que sobrevuela lo cómico y comparte con todos nosotros esa pequeña idea de pueblo norteño estadounidense. Casas de madera, chimeneas y un olor casi omnipresente a barniz, todo mezclado con parajes de ensueño, oscuros, verdes y sobretodo amenazantes.

Este serial nos cuenta las peripecias del agente especial del FBI Dale Cooper que llega al pueblo fronterizo Twin Peaks para resolver el asesinato de una lugareña llamada Laura Palmer. Al leer en el presente año la sinopsis no conseguimos encontrar diferencias con las series del momento, “CSI”, “Caso abierto”, “Sin rastro”, pero, son producciones policiacas vacías que no poseen la misma esencia que “Twin Peaks”.

Uno de los rasgos mas característicos de la serie toma forma en la propia vida del pueblo, ya que Twin Peaks vive, es un nuevo personaje que se diferencia de la investigación del asesinato. A lo largo de los treinta capítulos que conforman la serie podemos conocer perfectamente a los individuos que hacen de Twin Peaks lo que es en realidad, un pueblo orgulloso de su serenidad, de su perfección superficial, y es que esa bondad, belleza es solo eso, vidas que ignoran a propósito los fallos, las tramas oscuras para poder vivir en ese sueño americano de pueblo perfecto. Este sueño se irá descubriendo poco a poco y podremos comprobar cómo cada uno de los personajes posee oscuros secretos que competirán y a veces complementaran la trama de asesinato que en la mayor parte de las escenas no es más que un subterfugio intencionado que da pie a hilvanar cada una de las subtramas de la serie, que no son pocas. Al final la vida de Laura Palmer seguirá siendo sinónimo de misterio mientras que Twin Peaks se convertirá en un laberinto de relaciones, amores y traiciones perfectamente conocido.

La banda sonora que nos acompaña a lo largo de toda la serie es sencillamente perfecta. Angelo Badalamenti realiza un trabajo soberbio aunque algo repetitivo. La música de “Twin Peaks” está conformada con al menos diez canciones, de melodía parecida, con grandes elementos en común pero que en sintonía con las imágenes de la serie te hacen transportar casi instantáneamente a Twin Peaks. Ese es el gran milagro de la serie, capitulo tras capitulo te introduces cada vez más en ese pueblo fronterizo de tramas oscuras, verdes parajes y esencia surrealista llamado Twin Peaks y cuando la serie finaliza intentas seguir allí, reacio a abandonar las calles sugerentes de un pueblo que te ha hecho soñar durante  más de veinte horas de un perfecto thriller policiaco.

Resumen:

Serie que hizo historia, no solo en el mundo cinematográfico, sino también en millones de personas que siguen retirándose a Twin Peaks para seguir soñando.

Melchian

Buried (Enterrado)

Un contratista norteamericano que trabaja en la invadida Irak, se despierta, tras ser secuestrado, enterrado vivo en un ataúd de madera y con único medio para lograr escapar, un teléfono móvil con apenas cobertura y batería, en una carrera contrarreloj antes de que se le acabe el oxigeno.

No es la primera vez que se plantea la situación de un hombre encerrado en un ataúd bajo tierra -tenemos “Enterrado vivo”, “Desaparecida“, la serie de Hitchcock presenta, etc-, pero sigue siendo una premisa apasionante. Rodrigo Cortés coge 4 paredes y construye un thriller estupendo, claustrofóbico, de permanente tensión. Un comienzo espectacular, un desarrollo pausado y un final difícil y muy intenso, pero que al espectador, después de todo el proceso cinematográfico, le funciona de maravilla.

Si bien el guión puede ser lo peor de la película -la trama principal política, algunos diálogos que sobran, escenas metidas con calzador, un final polémico-, la película es un conjunto tan solvente que los defectos se perdonan con facilidad. No olvidemos que sólo tenemos un escenario (el ataúd), un sólo protagonista (Paul Conroy) y una serie de objetos -el móvil, el mechero, un lápiz, una navaja…- en una carrera contrarreloj. La compenetración del protagonista en el espacio y los objetos es perfecta.

Y es que no es nada fácil mantener al espectador en vilo durante 90 minutos con tan poco material de partida. Pero cuatro elementos de nada dan mucho juego. Empezamos con un hombre encerrado, confuso. Respiraciones difíciles, gritos de frustración e incomprensión. Después, el intentar salir como pueda. Llamadas incoherentes, hasta la comprensión… y el peso de ser la víctima de un sistema erróneo. La desesperación de saber que el tiempo se acaba.

A Rodrigo Cortés le apasiona Hitchcock, y se nota.  “Buried” es como “La soga”, pero más arriesgada, y todo hay que decirlo, efectista. Pero como ejercicio de estilo, es muy notable. Un detalle: los títulos de crédito son una auténtica obra maestra… y hijos confesos de Hitchcock.

La crítica política es algo arriesgada, pero funciona bastante bien. La denuncia burocrática, un poco artificial. Algunos fallos de guión, giros y trampas un poco sacadas de la manga… pero estamos ante una película de evasión, aunque tenga ciertas pretensiones. Lo mejor es una dirección con pulso firme y una actuación de Ryan Reynolds muy solvente.

Resumen:

Desde su nacimiento, película de culto. De premisa apasionante, disfrutaremos de un buen rato de tensión bien llevada.

Helen

Un condenado a muerte se ha escapado

Lyon, 1943. En la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, el teniente Fontaine (François Leterrier) es detenido por el ejército alemán. Tras un intento frustrado de fuga del convoy que le conduce a prisión es encarcelado y, muy pronto, condenado a muerte. Sin desfallecer, Fontaine dedicará su tiempo de reclusión a preparar minuciosamente su fuga. Para ello contará con sus manos y las herramientas que su exigua celda y el azar le proporcionen.

El spoiler más claro de la historia del cine te mantendrá clavado en el asiento durante la hora y media que dura este milagro, porque no lo creerás. Dudarás hasta el último minuto.  “Esta historia es verdadera, la cuento tal cual, sin adornos”.  Palabras del propio Bresson, que junto con “Diario de un cura rural” y “Pickpocket”, firma la más bella parte de su trilogía sobre la soledad, adaptando un relato autobiográfico de André Devigny.

Sin aditivos. Un mundo carcelario que se convierte en un universo de mensajes. Una narración desnuda, analítica, que deposita toda su fuerza en cada gesto, cada detalle, y en esa fuerza religiosa y espiritual presente en todo el metraje, pues Bresson retrata como nadie la prisión del cuerpo, y la libertad del alma, irremediablemente unidos, el hombre y lo invisible, y la comunicación que se establece entre ambos.

Bresson escoge a actores no profesionales y les deja que reproduzcan los hechos, sin más. El director ya se encarga de buscar el plano perfecto, la puesta en escena despojada, pura, sin teatralidad. Su uso del sonido es una maravilla -los silencios, el fuera de campo-, los diálogos, sobrios, pues estamos en una prisión, donde las palabras no hacen falta. La claustrofobia y el encierro no lo transmiten las cuatro paredes de la celda, sino la forma de entender el cine del director francés.

Resumen:

El lento camino hacia la libertad. El título no miente. Una película que cambia toda cinefilia.

Helen

Inland Empire

La percepción de la realidad de una actriz se ve progresivamente distorsionada, de manera cada vez más grave, al tiempo que va descubriendo que, quizá, se esté enamorando de su partenaire en un remake de una producción polaca no terminada supuestamente maldita. “Inland Empire” es la historia de un misterio en un mundo dentro de otros mundos, que se revelan alrededor de una mujer. Una mujer enamorada y en problemas. Un suburbio de Los Ángeles. Una mujer desaparecida. Un misterio sin resolver…

De cómo prescindir del espectador y rodar directamente del cerebelo al celuloide. 3 horas de surrealismo en estado puro, entre paranoia mental y diarrea visual, tetas y conejos, para bien, o para mal. Y es que con “Inland Empire” no caben las medias tintas: o la odias o te encanta. Y sin embargo, a mí me deja fría. David Lynch sigue fiel a su estilo: imágenes sugerentes, historia sin esbozar y gusto por el delirio, pero llevado al extremo. Una historia de muñecas rusas que se rueda sin guión, centrándose en una estrambótica estética visual -una fotografía digital (in)conscientemente horrenda- y la incoherencia más absoluta. Es todo un desafío para el sufrido espectador y para el más experimentado gafapasta.

Olvidemos todo el pasado de Lynch. Si “Mulholland Drive” era un acertijo acertadamente estético, “Inland Empire” derriba todos los convencionalismos del cine. Comenzamos con una bruja profética que nos introduce en una primera hora bastante coherente: una actriz es seleccionada para protagonizar un remake de una película polaca maldita. Poco a poco va perdiendo la noción de la realidad, comenzando así una segunda parte repleta de sinrazón y locura… hasta que termina el rodaje. Una última hora de terror puro, en el que se encajan algunas piezas: ¿quién es esa chica que mira una pantalla mientras llora?

Sueños, identificación, incomprensión, filosofía, pesadillas… Y sin embargo, vemos un atisbo de racionalidad, aunque sea porque nos aferramos a ella con desesperación, desbordados ante lo que estamos viendo e incapaces de discernir, como la protagonista, qué es real y qué es alucinación. Si existe el hiperrealismo, también el hipersurrealismo.

A destacar las interpretaciones, especialmente la de Laura Dern. No es fácil mostrarnos una mente tan fragmentada sin despeinarse. El resto de actores acompaña sin molestar. Acertado también el uso del espacio, claustrofóbico y agobiante. En contra, el uso experimental de la cámara, efectos y fotografía digital, apostadamente feísta, pero sin que me termine de convencer nunca. Y en el fondo es envidia. Me gustaría llegar a esa grandeza.

Resumen:

En definitiva, es un abuso constante a todos los niveles, pero es que David Lynch puede hacerlo. Recomendable para el que guste de sufrir. Puro desvarío.

Helen

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