Reflexiones


Ciclo cine friki: Las aventuras de Buckaroo Banzai a través de la octava dimensión

Pensando una tarde de domingo fui consciente de la cantidad ingente de cine palomitero que existe y cuyo único propósito es hacer perder el tiempo a la gente. El quiz de la cuestión es que estas películas sobreviven al paso del tiempo mejor que cualquier otra y, lo que es peor, aumentan en calidad frente a los ojos de los millones de fans que las secundan, se compran camisetas, hacen festivales absurdos y se disfrazan en Halloween de su personaje favorito. Estoy hablado del archiconocido cine “friki”.

Para los frikicinéfilos, entre los que me encuentro, no hay mejor momento que sentarse en el sofá con unos amigos con palomitas y cerveza (refresco edulcorado en sustitución) en mano y darle al play para que comience una hora y media de fantochada tras fantochada. En conmemoración a todas estas películas inservibles y deplorables para la mayor parte de la humanidad, elixir y santo grial para otros, he decidido hacer un pequeño ciclo en el que se intentarán recoger algunas de ellas. Comencemos…

Existen una serie de patrones o reglas, llamémoslas reglas, si, como las de los gremlins, que hacen que una película se alce dentro del glamour barriobajero del cine “friki”. Para los entendidos les parecerán familiares  y seguro que me ratificarán, al resto os sonarán a chino y me tildaréis de loco (no os quito la razón) pero solo tendréis que ver un par de las películas que os voy a resumir para darme la razón también.

Dentro de estas reglas una de las más importantes es que la película se haya rodado dentro de las décadas de los 70 u 80, siendo esta última la más prolífica de las dos. Además, el personaje debe de ser carismático, todopoderoso, universal y encima tiene que darse cuenta de que lo es. También un gran punto a favor es que deben de reunirse varios tópicos en el argumento, aliens y zombies, vampiros y payasos, artes marciales y viajes espaciales… Una de las películas que cumple a perfección con todas estos puntos es “The Adventures of Buckaroo Banzai Across the 8th Dimension”, o “Las aventuras de Buckaroo Banzai a través de la octava dimensión” título muy fidedigno con el que se comercializó en España.

La película va de un tipo que aúna numerosas habilidades en su persona, es cirujano,  estrella del rock (Canta, toca la guitarra, el piano y la trompeta), cinturón negro (a falta de más colores) de karate, experto en numerosas artes marciales, científico especializado en materia cuántica, protagonista de varios comics, presidente de un instituto (llamado, cómo no, instituto Banzai) que sirve a su vez como base secreta de operaciones, amigo íntimo del presidente de los EE.UU y propietario de un ejército privado de seguridad al que llama “Los chaquetas azules”; además acaba con superpoderes al final de la película, siendo capaz de revivir a la gente. Una vez presentado al susodicho protagonista nos centramos en la banda que le acompaña que es una serie de clones de Banzai pero un poco desactualizados, rockeros, científicos y pistoleros.

Bueno, la excusa para hacer la película vino de lo siguiente:  Banzai trabajaba en un prototipo de coche que le permitiera alcanzar una velocidad increíble y con la ayuda de un aparato (de su propia invención) poder atravesar la materia sólida alegando que puede pasar entre el huevo vacío existente entre los neutrones y electrones de los átomos. El caso es que al hacer la prueba atraviesa la barrera del sonido y no sé qué más giliflauteces y se encuentra cara a cara con los electroides, extraterrestres de una dimensión desconocida encerrados en la 8ª dimensión que es a la que accede Banzai con su invento. Este hecho desencadena una especie de invasión alienígena un tanto descabellada y estúpida en la que Buckaroo y su grupo rockero harán todo lo posible por evitar. Además, un gran añadido es la amenaza de una segunda banda de extraterrestres que pretenden bombardear a los rusos e iniciar de esta forma una tercera guerra mundial si Buckaroo no derrota a los aliens convictos. Lo más gracioso es que todos los alienígenas “buenos” son negros rastudos con un claro parecido a Bob Marley.

Como podréis imaginar la cosa se desmadra bastante conforme avanza la película hasta tal punto que pierde todo significado cinematográfico y su guión se sustenta en cuatro caras de estreñimiento (bien puestas eso sí) del gran Buckaroo. Dentro de las fantasmadas podríamos destacar un par, como en la que Banzai roba una Harley Davison delante de sus dueños y estos se limitan a saludarle con la mano (no era un gesto amenazante, era un claro adiós acompañado por sonrisas complacidas). Más tarde en esa misma persecución, con nuestro Buckaroo a los mandos de la moto, intenta lucirse describiendo un círculo en el asfalto sin ningún tipo de objetivo, mientras los susodichos extraterrestres se le escapan.

La nombrada banda “Los chaquetas azules” está formada por un hombre y su hijo, este último es quien recoge las llamadas, ayuda a buckaroo, empuña rifles, retiene al malo de la película y hace la pelota al resto de los asistentes. El padre se limita a sonreír y a darle permiso al pequeño (de no más de 7 años) a ir en el coche supersónico (si, así lo llaman).

Teniendo ante nosotros a tal ejemplo de excelencia sobrehumana no podríamos pensar que la película nos deparara alguna sorpresa que supere lo visto: como siempre, nos equivocábamos. La sorpresa de la película es la aparición de Jeff Goldblum (si, el actor de “Jurassic park” y protagonista de su segunda parte) pero no su presencia, no, sino su atuendo. Acompañando al resto del equipo con un atuendo más que rockero y glamuroso (atención, estamos hablado de los 80) aparece nuestro amigo Jeff vestido de vaquero canadiense, con sobrero, camisa roja, chaleco, tejanos y esas perneras blancas con pelo de vaca… No fuimos los únicos a quien sorprendió ya que uno de los rockeros dice:

–          Tio, ¿En New Jersey vestís así?

A lo que Jeff contesta (con amplia sonrisa en la boca y gesto despreocupado)

–          Eres muy gracioso ¿no?

Escribiría y escribiría varias páginas resumiendo una y otra vez los grandes momentos de la película pero prefiero que los comprobéis vosotros mismos, eso sí, os dejo la escena de los créditos finales, un momento impagable.

Resumen:

Película ochentera plagada de fantasmadas y sin sentidos, una de las grandes del cine friki. A destacar su secuencia final de créditos con pasos de baile incluidos.

Melchian

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¡Silencio! Las luces se han apagado. Los títulos de crédito son lo primero que vemos en las películas. Lo que en principio es una somera presentación del equipo que ha hecho posible la película que vamos a ver, se ha convertido desde casi el nacimiento del cine, en un pequeño arte dentro del séptimo arte. La rúbrica del autor.

Los créditos pueden utilizar todo tipo de materiales de partida: imágenes fijas o en movimiento, fotográficas o de animación, abstractas o figurativas, locuciones, ruidos y música de cualquier tipo. Concisión, creatividad, síntesis, clima, ritmo, estética… unos buenos créditos son la mejor presentación de una película, mucho más que cualquier trailer. O que el propio cartel. Qué mejor manera de enganchar a un espectador que presentarle en unos minutos, la filosofía de lo que le espera. O regalarnos unas imágenes finales, cuando la película ya ha terminado pero tenemos ganas de más.

Samuel Bass es indiscutiblemente el rey de la creatividad y espectacularidad. En nuestra mente permanecen los créditos de “Vértigo“, “Psicosis” o “Anatomía de un asesinato“. Maurice Binder creó toda una estética propia de la saga 007: James Bond disparando a través de los títulos. Dan Perri y el mítico comienzo de la saga de “La guerra de las galaxias“. De la escuela moderna, Kyle Cooper, autor de los rompedores créditos de “Seven“. Woody Allen y el incofundible aroma a jazz de sus películas… presente siempre en los créditos.

Hace unos años, los creativos holandeses Mark Klaverstijn y Roel Wouters,  escogían los que consideraban como los 25 mejores títulos de crédito cinematográficos. Curiosamente, “Vértigo” no se encontraba ente ellos. Ésta era su lista:

1. Marnie, la Ladrona (1964)
2. Grands soirs & petits matins (1978)
3. The French (1982)
4. Psicosis (1960): Saul Bass
5. Agárrame si Puedes (2002): Florence Deygas
6. 99 and 44/100% Dead (1974)
7. Dorian Gray (1970)
8. Soylent Green, Cuando el Destino nos Alcance (1973)
9. Monty Python’s Flying Circus (1969): Terry Gilliam
10. Death Machines (1976)
11. Viaje Alucinante al Fondo de la Mente (1980): Richard Greenberg
12. Terminator (1984): Ernest D. Farino
13. Superman (1978): Sheldon Elbourne
14. Teléfono Rojo, Volamos Hacia Moscú (1964): Pablo Ferro
15. Las Vírgenes Suicidas (1999): Geoff McFetridge
16. Our Latin Thing (1972)
17. Delicatessen (1991): Marc Bruckert
18. Pi (1998): Jeremy Dawson
19. Se7en (1995): Kyle Cooper
20. El Hombre Sin Sombra (2000): The Picture Mill
21. Casino (1995): Saul Bass
22. Alien, el Octavo Pasajero (1979): Saul Bass
23. Matzes (2004): Karst-Janneke Rogaar & Roel Wouters
24. Solo Ante el Peligro (1959): Saul Bass
25. La Habitación del Pánico (2002): The Picture Mill

A esa lista podríamos añadir los títulos de “Matar un ruiseñor“, característicos por su innovación y dulzura; “300” y su estética 100% comiquera; los polémicos créditos de “Watchmen“; la creatividad de “Charada“; los escalofríos que producen los de “El silencio de los corderos“; el humor desternillante en “La vida de Bryan” o, más recientemente, la claustrofobia de los títulos de “Buried“, hijos confesos de Samuel Bass.

Para concluir, dos páginas dedicadas exclusivamente a los créditos: Art of the Title y Descredit.

Helen

En 1961, la novelista Harper Lee ganó el premio Pulitzer por su novela “Matar un ruiseñor”, en la que hacía un vívido retrato de la América profunda, de la Alabama sumida en la pobreza y en el racismo. A través de los ojos de una niña, la autora recrea un caso judicial ocurrido en los años treinta, en el que un abogado blanco, honrado e idealista, defiende a un hombre negro de haber violado a una muchacha blanca, en contra de la opinión pública.

Curioso caso el de Harper Lee, que obtuvo un merecido éxito por su primera y última novela. Una novela narrada desde el punto de vista infantil, a través de un flashback en que la hija, ya adulta, recuerda su niñez. Ese sincero y directo punto de vista envuelve toda la novela de honestidad, inocencia, ternura y sentimiento. Para que no se pierda conforme vamos envejeciendo.

La mezcla de tragedia y humor y unos personajes verdaderamente entrañables -Atticus Finch ha pasado a la historia como prototipo de humanidad, justicia y coherencia, padre cariñoso y hombre honesto que sigue sus principios a pesar de las dificultades- hacen de este libro una obra maestra del siglo XX.

Un año después, el artesano Robert Mulligan llevó la novela al cine, que se convirtió rápidamente en un clásico aclamado por la crítica y el público. El sabor de una buena historia, el ritmo de los acontecimientos, la narración desde el punto de vista de Scout y por supuesto, un inolvidable Gregory Peck en el papel de Atticus Finch -por la que ganó un Oscar-, formaron esta sensible adaptación cinéfila.

Atticus, hombre viudo -a destacar la escena en que habla a sus hijos de su madre-, intenta educar a sus hijos transmitiéndoles la perspectiva razonable de las cosas. Lecciones de humanidad, de justicia social y de amor a la verdad.

“Matar un ruiseñor” es una película que nunca envejece. Más allá de su estética típica de los años 50 -sobria fotografía en blanco y negro Russell Harlan y emotiva música de Elmer Bernstein- y su narración  puramente clásica, la película sigue fascinando como el primer día. Tanto como si el espectador es un idealista adolescente como un anciano defraudado por la vida. Para creer en la verdadera -e ingenua- justicia.

Y por siempre Atticus Finch y sus grandes gafas sabias. Padre no hay más que Atticus (Victor Lazslo).

Para concluir, un diálogo inolvidable:

“Átticus suspiró.

– Simplemente, estoy defendiendo a un negro: se llama Tom Robinson. Vive en el pequeño campamento que hay más allá del basurero. Es miembro de la iglesia de nuestra criada y ella conoce bien a su familia. Dice que son personas de conducta intachable. Tú, Scout, no tienes edad para entender ciertas cosas, pero por la ciudad se ha hablado mucho y en tono airado de que yo no debería poner mucho interés en defender a ese hombre.

– Si no debes defenderle, ¿por qué le defiendes?

– Por varios motivos. Y el principal es que si no le defiendo, no podré caminar por la ciudad con la cabeza alta, no podré representar al condado en la legislatura y ni siquiera podría ordenaros a Jem y a ti que hicieseis esto o aquello.

– ¿Quieres decir que, si no defiendes a ese hombre, Jem y yo ya no deberíamos obedecerte?

– Más o menos.

– ¿Por qué?

– Porque ya no podría pediros nada. Mira, Scout, por la misma índole de su trabajo, cada abogado topa durante su vida con un caso que le afecta personalmente. Éste es el mío, me figuro. Es posible que oigas cosas feas en la escuela, pero haz una cosa por mí: levanta la cabeza y no levantes los puños. Digan lo que digan, no pierdas los nervios y procura luchar con el cerebro, para variar…

– ¿Ganaremos el juicio, Átticus?

– No, cariño.

– ¿Entonces…?

– No importa. El hecho de que hayamos perdido cien años antes de empezar, no es motivo para que no intentemos vencer.”

Helen

Un matrimonio de clase media-alta, sin preocupaciones ni problemas, se dirige a pasar unos días de vacaciones a bordo de un yate de vela. Por el camino, recogen a un joven autoestopista, al que invitan a que les acompañe. A bordo, la tensión se irá incrementando, hasta convertirse en un triángulo amoroso, una lucha de poder entre los dos hombres por el amor de la mujer.

En 1962, Roman Polanski dirigía su primera película en su Polonia natal, tras muchos cortometrajes de arte y ensayo: “El cuchillo en el agua“. A partir del argumento arriba descrito, Polanski consiguió un magnífico y asfixiante ejercicio de estilo, un thriller psicológico en el que lo que se corta es la tensión, y no el agua. Un clima enfermizo entre tres únicos personajes, y en único escenario: el balandro. No hay escape en el agua.

Tras un incidente en la ruta, un matrimonio felizmente gris -él es un periodista de éxito, ella se dedica a la vida ociosa- recoge a un joven estudiante que ha tenido un accidente, y que, por supuesto, no tiene un duro. Sin planes en el horizonte y con ganas de distracción, el matrimonio no duda en invitarlo a su escapada estival, a la que el joven se lanza, por cuestiones aparentemente obvias. Pero a borde del yate, el marido intenta humillar al joven, que no duda en seguir su propia estrategia… una vez que ha captado el interés de la mujer por su persona. La atmósfera se torna irrespirable, una competencia implícita a punto de saltar.

Visualmente, la película deja ver su filiación al tempo del arte y ensayo, pero sin prescindir nunca de la narración clásica del conflicto generacional, cuidando cada detalle.

En 1989, el australiano Philip Noyce aprovechó la novela negra de Charles Williams para realizar una película de argumento muy similar: “Calma total“. Un matrimonio de vacaciones en alta mar recoge a un náufrago, cuya tripulación ha sido víctima de una intoxicación alimentaria. Estamos ante otro thriller, pero con una tensión más efectista y plana, enfocada casi al terror conforme los acontecimientos se van desarrollando. Un buen ejemplo de lo que pueden hacer tres buenos actores (Sam Neill, Nicole Kidman y Billy Zane) con un guión que esconde golpes de efecto y giros de acción, uno tras otro.

Estamos ante un triángulo mucho más definido: marido y mujer están en pleno proceso de superación de la traumática muerte de un hijo. Ambos sentirán una irracional repulsión por el extraño invitado  a bordo por pura obligación, pero mientras que el marido procurará ocultarlo bajo una fachada de frialdad, mientras que la mujer sentirá un rechazo entremezclado de temor, y más tarde, de atracción involuntaria.

La atmósfera está bien lograda, aunque las cotas que alcanza son más bien dignas de cualquier película con psicópata, qué, como manda el tópico, nunca muere. Y es esa orientación más comercial es la que lleva a desperdiciar lo que había sido una buena propuesta de atrapante comienzo, con un final bastante mediocre.

Dos películas con la misma idea: un extraño que se introduce en la feliz vida de una pareja, despacio, con lentitud. Con el agua rodeándolo todo, no hay vía de escape.

Helen

He aquí un ejemplo perfecto de como una “mala” adaptación cinematográfica de una novela puede dar lugar a una película estupenda. Fannie Flagg, pseudónimo de Patricia Neal y candidata al Pulitzer, escribió en 1987 este best-seller que dignificó el concepto del mismo.

La autora nos muestra un sinfín de historias entrelazadas en plena Depresión Americana. A través de flashbacks y noticiarios, la anciana Ninny Threadgoode rememora su pasado en compañía de una gordita cuarentona, Evelyn Couch, en plena crisis matrimonial y depresión. Poco a poco, entre anécdotas, alegrías, dramas, acontecimientos familiares y otras historias conoceremos la relación entre dos mujeres: Idgie y Ruth. Miembro de los Threadgoode la primera y residente  del pueblo la segunda, ambas mujeres, propietarias del café de Whistle Stop donde tendrá lugar la vida social del mismo, conocerán la amistad, el compañerismo y el amor, junto con el odio, la intolerancia o la desgracia.

No en vano la novela está ambientada en Alabama, uno de los estados estadounidenses más racistas allá por los años 30. Un inteligente entramado de historias que nos va descubriendo una relación muy peculiar, entre la amistad más profunda y el amor de pareja que no se hace patente. Unos personajes muy bien construidos, desde la entrañable anciana Ninny hasta la determinada gorda Evelyn, la novela posee ese aura inconfundible de los ambientes sureños, misterioso, humorísticamente negro, y con sus propias normas.

En 1991, el debutante John Avnet llevó a la gran pantalla esta novela con diferencias importantes en la trama, especialmente cambios estructurales en los personajes, en aras de conseguir una producción mucho más efectista y comercial. Efectivamente, así fue: la identidad de Ninny Threagoode está camuflada, para que fantaseemos con quién es realmente; la introducción de Ruth en la familia es mucho más morbosa, y los lazos lésbicos entre las dos mujeres fueron convenientemente suprimidos. En parte por la dificultad intrínseca de adaptar la trama, y por otra parte, por la cobardía de mostrar abiertamente una relación amorosa entre mujeres, que ni siquiera era sexual. Una curiosa cobardía, teniendo en cuenta que estábamos en los noventa.

Y sin embargo, tenemos delante una deliciosa y sólida película sobre la amistad, una historia dentro de una historia, en la que una esposa reprimida escucha fascinada a una viejita que relata las aventuras protagonizadas por mujeres en los locos años veinte.

Dos puntos clave en la composición de la película: cuatro actrices geniales para cuatro papeles de altura. Kathy Bates es, inevitablemente, Evelyn Couch. Es imposible imaginarse otra actriz sacándole tanto jugo a una mujer desilusionada por la vida y por su peso. Jessica Tandy aporta veteranía y entrañabilidad al personaje de Ninny, travieso y lúcido. Mary Stuart Masterson es Idgie, mujer de armas tomar, que viste pantalones, lleva el pelo corto y insulta a los pazguatos racistas sin cortarse un pelo, en contraste con la dulce y tímida Mary Louise Parker, la dulce y tierna Ruth. El otro gran acierto de la película, la sabia mezcla de historias pasadas y presentes, de drama y comedia.

Para quien guste de las historias sabrosas y delicadas, aquí tenemos dos buenos platos… aunque mejor por separado.

Helen

En 1955, el ruso Vladimir Nabokov publicó una de las novelas más polémicas de toda la historia: Lolita. La historia de un cuarentón con un capricho enfermizo por preadolescentes, las nínfulas, perdidamente obsesionado con la más perversa de todos: Lolita.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

Un prodigio de narración: Nabokov es tremendamente irónico, ingenioso, polémico y sincero, dentro de sus metáforas. No es una apología de la pederastia; es importante separar ficción de realidad. De hecho, el propio Humbert Humbert se condena a sí mismo, y deja su destino en manos del jurado… y del lector. Repudiable, por mucho que sea profesor, un perfecto gentleman y le guste leer a Poe. Un hipócrita enamorado de una niña malvada. Pero no deja de ser fascinante.

Lolita ha sido adaptada al cine en dos ocasiones: en 1962 dirigida por el mismísimo Stanley Kubrick, y otra posmoderna, en 1997, dirigida por Adrian Lyne.

Difícil empresa llevar al cine una novela tan escandalosa, en 1962. El propio Nabokov colaboró en el guión de esta adaptación dirigida por Kubrick, que, irónicamente, palidece ante  la contundencia y el atrevimiento del texto original. Algo extraño, dadas los medios: el escritor, que no pone toda la carne en el asador, y un cineasta que, capaz de abordar sin complejos cualquier producción, no termina por redondear la película, pero comprensible, dada la época en que fue rodada.

La cinta sólo resulta un tímido reflejo del libro, incapaz de alcanzar la atrevida sugestividad de las palabras y, ante todo, sacrificando en cuerpo y espíritu a Humbert Humbert, cuya fascinante personalidad, romántica y cínica, era la verdadera joya de la narración. Eso sí, lo mejor del filme es la perfecta adecuación de los actores a sus personajes (desdibujados, claro): un James Mason contenido pero con ganas de saltar, una Shelley Winters como Charlotte Haze, ridícula y vocinglera madre de Lolita, y una Sue Lyon como nínfula seductora y atrayente, a pesar de que resultaba excesivamente mayor para el papel. La peor parte se la lleva un caricaturesco Peter Sellers en su papel de Clare Quilty. En definitiva, una gran película, y no tan buena adaptación.

En 1997, el comercial Adrian Lyne se la jugó con una nueva adaptación de Lolita, arriesgándolo todo con la baza de la fidelidad al fabuloso texto. Sin embargo, el guión está muy bien estructurado, y el resultado es una adaptación excelente, y una película morbosa y efectista.

Jeremy Irons compone magistralmente al ambiguo y atormentado Humbert Humbert y Melanie Griffith está muy creíble como madre algo tonta pero no tan tonta. Pero la verdadera estrella es Lolita, encarnada por Dominique Swain, pelirroja, crecidita y sensual… como la Lolita del libro. La ortodoncia que le coloca Adrian Lyne termina por rematar la composición del personaje.

Una puesta en escena muy colorida, veraniega, sudorosa e insinuante. Provocativa y sin cortarse un pelo, aunque dejando parte del trasfondo literario por el camino. Y es que probablemente es imposible adaptar fielmente una novela de la envergadura de  Lolita.

Helen

Cine cámara en mano: Paranormal Activity


Desde que en 1999 se diera a conocer “El proyecto de la bruja de Blair” y, tras su cuantioso éxito comercial y su bajo presupuesto, se han ido sumando a la moda de “cámara en mano” numerosas producciones. Lo curioso de este asunto es que hasta bien entrada la segunda mitad de la primera década del siglo XXI, estos trabajos no fructificaron.

Por esas fechas salieron a la palestra cinematográfica largometrajes como “The St. Francisville Experiment”, una de terror a lo “House on haunted hill”; “The Last Broadcast”, una más que descarada copia de la película de Blair: un grupo de aficionados salen a grabar al bosque para dar con el llamado demonio de Jersey; “Abducción Alienígena”; “Noroi the Curse”, película nipona que explota los fantasmas y maldiciones tradicionales japonesas y “Alien invasión”, donde la acción se sigue a través de una cámara situada en un coche patrulla.

Como fácilmente se puede deducir de lo anteriormente dicho, todas estas películas son de muy bajo presupuesto, centrándose en la ciencia ficción y en el terror, consiguiendo un resultado pésimo. Algunas otras contaron con un presupuesto mayor, nombres más conocidos tras las cámaras y, cómo no, una mejor publicidad. Entre estos casos encontramos trabajos como el de “Monstruoso” o “Cloverfield”, donde un monstruo gigante ataca Nueva York. La historia en este caso se nos muestra a través de una cámara que seguía el cumpleaños de uno de los protagonistas. “Diary of the dead” es el aporte de manos de George A. Romero a este género tan particular, que no creo que necesite muchas más explicación: zombis y más zombis. Sin alejarnos de estos peculiares no muertos nos encontramos con nada más y nada menos que cuatro películas más, dos españolas, “Rec” y “Rec 2”, para las cuales ya hay apalabradas hasta dos secuelas más, y sus correspondientes remakes estadounidenses, “Quarantine” y “Quarantine 2”, las que se alejan desde la primera película de la trama montada por sus predecesoras españolas.

Dicho esto se puede ver claramente que este tipo de subgénero ha tenido su propio club de fans que han producido una larga lista de películas, la mayoría de ellas sin demasiado éxito. Esto se ha roto por una de los últimos trabajos que nos llegan desde EE.UU. La película se titula “Paranormal Activity” y, siendo sus premisas terror y angustia en estado puro, se ha alzado como el largometraje más rentable en la historia del cine, con un presupuesto de 15 mil dólares, llegando a recaudar sólo en salas de EE.UU la friolera de 107 millones de dólares.

La película nos cuenta la historia de una pareja que está siendo el blanco de varios sucesos paranormales que siguen a la protagonista como si de una maldición se tratara. Preocupada ella y curioso él, instalan una cámara para grabar todos sus movimientos, y de ahí surge la película.

No creo que haya mucho que comentar sobre esta producción. Sus actores son muy pobres, aparte de que solo hay cuatro, sus actuaciones son sobreactuadas e incluso irritantes. Esto está muy bien enmascarado por la forma de grabación, pero aun así se les ve el plumero. Para que os hagáis una idea, los actores principales únicamente cobraron 500 dólares por hacer la película.  El límite del escenario es la propia casa limitando aún más los cortos brazos de la trama.

La mecánica a partir de la cual se desarrolla la historia es demasiado lenta, prometiendo mucho y dando muy poco, aunque ahí está la principal baza de esta película, la tensión que generan las largas noches de grabación de la cámara, que aunque estén pasadas velocidad rápida, en el 70% de los casos no sucede absolutamente nada, generando una expectación que causa tensión y poco más.

La historia podría haberse explotado mucho más, habiendo otras películas que siguen casi los mismos acontecimientos consiguiendo una trama más elaborada, como puede ser “Arrástrame al infierno” o “La noche del demonio”, aunque creo que la historia no era una parte por la que apostaba su director.

Para terminar decir que hay tres posibles finales, uno emitido en la proyección del 2007 solo en EE.UU, otro emitido únicamente en un festival de cine y el último el que llegó a nuestras salas en el 2009. Éste no fue desarrollado por Oren Peli, director del largometraje, sino que fue llevado acabo por un Steven Spielberg temeroso, ya que se dice que cuando se le proyectó en exclusiva, las puertas de la sala se cerraron inexplicablemente, reteniendo a Spielberg hasta que llegó un cerrajero. El afamado director de “Tiburón” llegó a declarar que la película estaba maldita.

Resumen:

Una película de terror que ha basado su éxito en una publicidad viral por internet y en el boca a boca, haciendo gala de una historia mínima, unos sustos resabidos y una ambientación muy poco lograda. Lo único destacable es la tensión que provoca en las constantes e interminables esperas nocturnas.

Melchian

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